miércoles, 23 de octubre de 2013

CHUSEMAS

Decir que la dignidad humana en la televisión contemporánea no existe, es un lugar común. Claro: la quinceañera embarazada que acompaña al ginecólogo a su madre también en estado de gestación (probablemente del mismo macho); los sudorosos marginales con sobrepeso que permiten su absoluta humillación con tal de bajar una decena de libras en la cámara; la simpática pareja que llega a abofetear el closet de las gringas fachudas mostrándoles por primera vez la vergüenza; la familia disfuncional que implora la llegada de una “Mary Poppins” correctora de chirises odiosos; el encantador de perros; el encantador de caballos; los exmiembros de un neo-Ku-klux-Klan que compran y venden baratijas seudohistóricas o son fanáticos de las armas; los que van y vienen haciendo tours de sobrevivencia en nuestras selvas (o sea el miserable tercer mundo); el campechano treintañero que se enfrenta a platos y platos de comida hasta caer desmayado; y el, por supuesto infaltable, programa de acumuladores.

Creo que de todos los ejemplos anotados en el párrafo anterior, es el de los acumuladores el que me parece más emblemático de nuestra cultura. Cada capítulo es un verdadero documento de la herencia cultural que las primeras décadas de este siglo dejarán para el futuro.
Los sistemas de producción no descansan. Las cosas ya no están hechas para durar. Simplemente vamos a la cantera de reemplazos —porque ya no existe el vocablo “reparar” en nuestro acerbo de lenguaje— y consumimos otra monótona novedad. Vivir en medio de chunches que rebalsan la casa y que hacen cada vez más infelices y dependientes a sus habitantes, es acaso la contradicción que nos trae esta serie de televisión que, entre segmento y segmento, enlista una fila de anuncios con productos por demás innecesarios.

Si estas producciones norteamericanas, canadienses e inglesas nos muestran lo decadente que es el mundo civilizado, imagine, estimado lector, lo que haría un productor de TV local con las monstruosas patologías que padecemos los guatemaltecos. La diferencia radica, claro está, en que para nosotros todo esto es normal. Tan normal que le llamamos noticia, política, religión o familia.

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