miércoles, 25 de septiembre de 2013

SIN PENA... NO MUERDEN

Recuerdo el sol de las diez de la mañana entrando por la ventana e iluminando las mesas de la Biblioteca César Brañas. Un lugar habitual para mi último largo desempleo. El desgano y la necesidad solo pueden hacerse soportables con la lectura. En ese maravilloso lugar nunca me faltó una amable taza de café, una sonrisa o los “buenos días” de su directora, mi amiga, Arely Mendoza. 

Pero yo no era el único sentado allí. Escritores, académicos, amigos... todos en un cotidiano tránsito de gente revisando ficheros o llevando y trayendo gruesos tomos que abrían con mucho cuidado para husmear en sus índices. Yo iba por algunos libros de poesía norteamericana, tesoros que dejaron a la posteridad Luis Cardoza y Aragón y César Brañas dentro de esas paredes. Cuando pienso en una biblioteca, pienso en esa. En las demasiado grandes me aturdo, me pierdo. 

Las bibliotecas no son nuestros lugares habituales. La mayoría de los guatemaltecos mira estos recintos como una suerte de mausoleos de libros. Sitios silenciosos para entrar con reverencia y desgano. Aunque lleno de estudiantes por las mañanas, puede decirse que este tipo de escenarios no despiertan el menor interés a la (¡redundante decirlo!) poco ilustrada élite política y económica de Guatemala. 

Si hablamos de presupuestos para las bibliotecas, lo primero que viene a la mente es la compra infructuosa de lotes de libros —seleccionados sin ningún criterio— para colocarlos sobre las estanterías. Mi premisa es que una biblioteca debe ser una conjunción de libros y de personas. Es imprescindible que aquellos que tengan a su cargo tales espacios conozcan y sientan pasión por la lectura. Se requiere no solo de su erudición, también de su entusiasmo y de su ilimitada creatividad para atraer a esa basta mayoría que no lee ni siquiera las noticias. 

Sin pena... los libros no muerden.

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