miércoles, 7 de agosto de 2013

CARBÓN

Nunca he renunciado a mi diario personal. Desde los ocho años mantengo un cuaderno a mi lado. Cientos de páginas rayadas, pintadas, tachadas, escritas de margen a margen y de renglón a renglón. Una forma de no ir olvidando, de no pasar inadvertido cada instante, cada cita, cada alfiler oxidado, cada mechón de pelo, cada empaque de dulce. 

Mis primeros cuadernos los escribía con lápiz. Lápices Mongol número 2 que agotaba hasta el borrador. De niño uno debe borrar muchas cosas, uno no tiene su mundo privado, los adultos nos invaden siempre. De adolescente todo ese asunto de escribir es algo muy poco saludable para la siempre frágil –y necesaria– popularidad de sobrevivencia. 

Pero nunca dejé de escribir, aunque lo ocultaba. Un púber lector es visto por los demás chicos como la imagen más abyecta del nerdito pobre y necesitado. Así llevaba bien escondida mi libreta y en ella lograba desahogar todo lo que sentía. Letras de canciones, retratos hechos con algún detalle o trazos que daba únicamente para no perder de vista esa curva que dejaba el horizonte al atardecer detrás de las montañas. Años después alguien me dijo que yo era escritor, entonces fui al patio de la casa donde vivíamos entonces con mi esposa y mi hijo… quemé todo aquel pasado e inicié de nuevo. 

Conozco muchos escritores y muchos lectores jóvenes. La pregunta siempre va más o menos hacia lo mismo: ¿Cómo empiezo a escribir? Quizá esta no sea la respuesta de un gran y célebre autor, pero puedo decir que todo comienzo es el inicio de un final. Lo más acertado siempre está en borrar lo redundante. Buscarse entre las líneas que sobrevivan de esas cenizas. Que la humildad del trazo hecho con carbón no impida dejar una huella. Pero nunca, bajo ningún motivo interrumpir ese proceso. Anotarlo todo, recogerlo todo, vivirlo todo, sentirlo todo como si el mundo entero no supiera que respiramos únicamente para olvidar.

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