miércoles, 17 de julio de 2013

BIENVENIDOS AL PAÍS DEL DEBERÍA

Bienvenidos al País del Debería: una nación sin miseria ni desempleo ni violencia ni corrupción, porque todo eso debería ser erradicado gracias al esfuerzo conjunto del gobierno y de sus ciudadanos. Un país de impecables autopistas que deberían estar completamente asfaltadas y organizadas. Un territorio donde el turismo debería ser la fuente primordial de sus ingresos. Un lugar donde la justicia laboral debería ser el fundamento que garantizara la dignidad de los trabajadores. Un estado rico en el que debería existir una equilibrada distribución de responsabilidades tributarias. Una ciudadanía que debería mantener su confianza en un organismo judicial sin tráficos de influencias ni económicas ni políticas. Un sistema democrático donde las mafias no deberían financiar impunemente a los partidos políticos. Una república donde sus legisladores deberían asistir a todas las sesiones y ser personas que no deberían ser motivo de vergüenza. Ciudades que deberían tener transportes públicos seguros. 
Una sociedad donde las cárceles deberían ser el lugar para prevenir el delito y no para planificarlo. Un conjunto humano donde la gente debería ser valorada por sus logros humanos y no por la marca de su carro. Un sitio donde la usura bancaria debería ser controlada y no impunemente protegida. Una región donde los medios de comunicación no deberían ser meros monopolios. Donde los periódicos deberían subsistir por la calidad de sus opiniones y no por la cantidad de muertos que muestran o por el grueso de suplementos de consumo que incluyen. 

Ese País del Debería. Ese placebo que nos sirve para berrear, para quejarnos, para levantar los hombros y decir.... Pero, ¿y qué le vamos a hacer?

A veces releo lo escrito y me doy cuenta de que muchas veces caigo en esa trampa. Porque al repasar las columnas de opinión; porque al salir a la calle y escuchar las conversaciones; porque al compartir una cerveza con un amigo; porque al estar en medio de un atolladero en el Anillo Periférico un sábado al medio día; porque cada día, cada minuto, cada segundo repito como mantra esa mugrosa palabra: debería... debería...

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