miércoles, 26 de junio de 2013

MEDIODÍA, MEDIANOCHE

Siempre parece más oscuro antes del amanecer, reza un dicho. Los movimientos sociales son terremotos impredecibles. Sucede en Brasil. Sucedió en el norte de África. Pero... ¿Qué detona tales circunstancias?

Para que exista violencia tiene que existir abuso. No es cierto que la tolerancia haga germinar reacciones violentas. La mala conciencia de las sociedades exige garrote y mordaza a cambio de educación y de rehabilitación social. La miseria cansa, harta, empuja, mueve... lo curioso es que el hastío no avisa, da señales incomprensibles y cuando menos se espera viene el rebalse y el knock out.

Pero más allá de la violencia, existe la negación. Ese decir “no”. Ese decir “basta”. Ese indignarse. La desobediencia es una revolución silenciosa que crece día con día. El respeto entre gobernantes y gobernados, entre poder y mayorías, es algo que debe mantenerse en un juego de equilibrio. 
Es imposible respetar a alguien que no nos respeta. De eso que las cosas empiezan a deteriorarse cuando las leyes no representan a los más y descaradamente benefician a los menos. La paz no se conserva por medio del control social, sino a través de entender sus profundas necesidades. 

Necesidades que no son tan simples como una bolsa de alimentos y unas cuantas palmaditas en la espalda... el buen patrón es algo que pertenece a la Edad Media. Las reacciones súbitas de los marginados tienen origen en la simplificación de su sufrimiento. Ofrecer “empleos” a cambio de ofrecer “riqueza” es un craso error que solo hace visible el interés por mantener ese orden conservador de amos y siervos, no de seres libres.

¿Qué tanto podemos aprender de las experiencias inmediatas? Y no hablo de la Guerra Fría. Hablo de esas inéditas convulsiones que están surgiendo en el descontento general. Se trata de choques generacionales que se lanzan contra esos fanatismos religiosos y esas ideologías caducas que han secuestrado al Estado en vilo.

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