miércoles, 12 de junio de 2013

LOS MERCADOS DE LA CONCIENCIA


Muy recientemente me han deslumbrado dos comentarios de  artistas guatemaltecos. El primero es de Darío Escobar, durante una charla-entrevista  que le hice para su próxima exposición en Artecentro Paiz. Cuando le pregunté acerca de su experiencia como creador  guatemalteco (o centroamericano) en los escenarios internacionales, de forma categórica Escobar me respondió: Comprendí que la periferia es algo que se define desde adentro y no desde afuera. Tal aseveración activó todas mis alertas. Ciertamente la posibilidad de ser marginal o exótico es algo que se define a partir de cómo permitimos ser tratados. Inventarse un folclor a través del ropaje de víctima es algo que nos coloca de inmediato en la posición del subordinado; algo que puede abrirnos miles de puertas para entrar, pero que no permitirá que seamos dueños de nuestro propio discurso y, mucho menos, que logremos ser punta de lanza entre los discursos dominantes. La marginalidad puede llegar a ser una elección consciente. La periferia puede ser cómoda. Pero a la fecha –y sobre todo en temas de cultura (acaso lo único que marcha en este país)- asumir la lástima como acceso al mercado de la consciencia es totalmente deleznable.


El segundo comentario me lo dio Benvenuto Chavajay en una de nuestras frecuentes conversaciones: Lo que pasa es que los guatemaltecos tenemos el pasado adelante. El señalamiento de Chavajay hace una brillante síntesis de lo que sucede en el interior de los chapines. Nuestra premisa es hacer del futuro un nuevo pasado. Nuestro ideal es que lleguemos a ser lo que fuimos. ¿Y qué fuimos?... pues todo eso que a la fecha los sectores más conservadores de este país defienden con uñas y dientes: un país de estado clientelar; un país cuya meta es crear  trabajo y no riqueza; un país que rechaza su propia imagen; un país que se regatea a sí mismo; un país repartido y marginado; un país de interminable silencio…

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