miércoles, 6 de febrero de 2013

CAFRERÍA


Varios años atrás leí un libro que me dejó inmóvil: Desgracia (Disgrace), del novelista Premio Nobel J.M. Coetzee. Pocas veces he permanecido sin darle otro sorbo a mi taza de café luego de concluir una novela. 

En una nación multicultural (dichoso término que no compensa el largo resentimiento acumulado por siglos de abusos racistas) como la Sudáfrica que refiere Coetzee, suceden un cúmulo de tragedias a su protagonista. 
Un hombre blanco y catedrático de literatura en una prestigiosa universidad, luego de ser expulsado por un tribunal académico feminista por mantener relaciones “extracurriculares” con una alumna, decide pasar su vergüenza acompañando a su hija, una activista-agricultora que vive en una remota área rural. 

El horror se desata cuando el profesor y la hija son asaltados en su casa, golpeados hasta la inconsciencia y la muchacha violada por los miembros de una pandilla negra. 
La justicia no llega. La conciliación no llega. La tolerancia no llega. La compleja situación que vive un país rodeado de discursos reivindicativos, se queda en eso, en discursos. 
Vuelvo a la historia luego de hallar los deprimentes avances alrededor de las violaciones a mujeres que histórica o recientemente aguardan justicia en Guatemala. 

Violar y mutilar parecieran ser la clave Morse que el crimen organizado lanza a un gobierno que parece jugar tenis con diez pelotas y con una sola raqueta. 

El poder está en manos de la Cafrería: los salvajes toman la sartén por el mango y van repartiendo oscuridad por todos lados. 

Nosotros, impávidos, observamos las noticias y esperamos infantilmente que el horror desaparezca al nomás cerrar los ojos. Entre sartenazos y protestas la sangre sigue derramándose. 

La censura moral es justa y necesaria, pero hace falta apoyar a quienes se arrojan legalmente contra estos criminales. 
A la entrada de la calzada Roosevelt, Regina José Galindo –artista guatemalteca– puso una valla en blanco y negro que dice “No violarás”… tras leerla, uno no puede entrar a esta ciudad sin experimentar un fuerte escalofrío.

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