miércoles, 30 de enero de 2013

EL SERMÓN DEL GENERAL



Efraín Ríos Montt es el nombre de una década. Representa el símbolo absoluto de la moral guatemalteca de los años ochentas. El decálogo del ministro de la Iglesia El Verbo, que eventualmente llegaba a predicar a una sucursal que estaba cerca de mi casa. Su elocuencia frente a las cámaras –ese encanto de ser el centro de atención tan propio de los predicadores mediáticos- es acaso la imagen que tengo más fresca en mi memoria.

Cada domingo el ministro daba su sermón en T.V., entonces no había cable  y no quedaba otra opción. Ríos Montt era el Siervo, el Ungido, el Profeta y el Presidente.  Para muchos de los vecinos de mi colonia, Ríos Montt era una suerte de justiciero. Era un mesías que traía la calma en medio de la tormenta. Se construía el aura de su inapelable sentido de la autocracia. Pena de muerte sin contemplaciones: “Vamos a matar no a asesinar”, como dijo en alguno de sus discursos desde el Palacio Nacional. Tal parece que él solamente mataría al enemigo, a los guerrilleros, a los delincuentes ateos y comunistas. Esos enemigos, aquellos “otros”, los que se metían en líos y terminaban “ejecutados” por la oscura mano de la justicia en el terreno baldío de nuestra historia reciente.  

A treinta años y meses de tomar las riendas del poder en Guatemala, el ministro, el pastor, el ungido, el  presidente aguarda en una silla ese juicio que coloca la palabra “genocidio”  en el diccionario jurídico guatemalteco. ¿Qué pasará por su mente luego de escuchar a quienes lo señalan de todas esas atrocidades cometidas contra tantos y tantos seres humanos?, ¿cómo calarán esos testimonios dolorosos?, ¿llegarán al rescate de su alma esos dulces años de victoria cuando era un hombre que únicamente escuchó ese llamado a servir a su patria y a su fe?

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