miércoles, 23 de enero de 2013

CAZAEXAGERADOS


Cuando hablamos de censura, siempre aletean alrededor tres tipos de personas: los bienhechores; los malhechores; y los cazaexagerados.  
Los bienhechores se aúnan a las causas que urgen. Urge hacer una protesta por el periodista africano preso por algún dictador sanguinario, pero irrelevante para los grandes medios noticiosos transnacionales. Se suman firmas, se redactan manifiestos y se reparten documentos de indignación ante las muchas cortes de derechos humanos que existen en el mundo.
Los malhechores creen que la censura es una actitud sana. La prensa, el arte, la literatura y los demás “exorcismos” sociales no son aportes relevantes para la enorme carga que significa llevar las riendas del Estado y de la cosa pública. La democracia tiene para ellos ciertas orillas que se hace indispensable trazar. No quiero sus críticas, ofrezcan sus propuestas –es acaso el argumento más común por parte del poder en turno, postura que cambian cuando terminan su plazo y se vuelven enfurecidos defensores de la oposición y se cuasi beatifican como blancos de la injusticia.
Y los cazaexagerados, cuyo pragmatismo apela a la normalidad seca: ¿Para qué hacemos olas? Apelan a un sentido común lleno de anécdotas, comparaciones, citas históricas y caricaturizaciones de cualquier cosa que sucede. Si matan a una persona (sea alguien que tenga acceso a la opinión crítica o no), de inmediato responden: Yo sé de lugares donde matan diez cada día. Si existen atentados responden: Yo no le daría tanta importancia; puede que sea un loco, una ex amante celosa o sea una trampa mediática para llamar la atención.  Y claro, todo cambia cuando la amenaza llega a ellos… por supuesto.
La censura es acaso el tema más discutido hoy en día. La censura que ocupan los países con regímenes que envían a sus detractores a campos de reeducación. La censura que ocupan las empresas multinacionales contra todos aquellos que filtran sus secretos en los medios de comunicación y a los que condenan a través de trampas legales (si es que no los eliminan descaradamente). O la censura de estas pequeñas provincias donde grupos de pistoleros se pelean por esas migajas de poder que todavía representan descomunales cantidades de dinero.

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