miércoles, 29 de agosto de 2012

ALGO EN COMÚN


La cultura es una guerra de símbolos. Sólo pueden ganarla quienes dejan sus ideas para el futuro. Cuando se abren los márgenes de la tolerancia y cuando el sentido común gana la batalla a los ignorantes de siempre, entonces, aquello tan minoritario y tan extravagante en su momento, se convierte en una identidad común.

Pensar la cultura desde el presente, y en Guatemala, tiene varios frentes. Pienso en los símbolos que nos rodean. Entro al Palacio Nacional de la Cultura y tal pareciera que los murales que cubren las paredes del segundo nivel aún tienen la misma vigencia que tuvieron hace setenta años, cuando fueron pintados por encargo del presidente Jorge Ubico. Con la imagen conciliadora de una conquista por la vía de la religión católica y de la educación española -como lo muestran los murales de una de las alas del edificio-, el dictador quería dejar su opinión acerca de una nación fundada encima del genocidio y de la esclavitud indígena. Pienso en tanta gente conservadora (de cualquier clase social y de cualquier edad) que encuentra sus valores y su idea de país representados en dichos murales. ¿ Es Ubico vigente por la simbología que dejó a la posteridad ?: sus edificios y su enorme ego no han podido ser desterrados de entre nosotros. Nuestra época democrática no ha invertido un sólo centavo en dejar nuevos símbolos. De eso que nuestras fichas sigan detenidas en la misma casilla del tablero. Existen contados esfuerzos institucionales (aunque valiosos) por dejarle al guatemalteco símbolos de una nueva época, pocas obras públicas de arte realizadas por artistas guatemaltecos contemporáneos. Dichos esfuerzos son mensajes que se cuelan por debajo de la resignación política y del adocenamiento consumista de los chapines .


Si el arte puede aportar algo a una sociedad, es precisamente dejando símbolos que nos pertenezcan a todos. Una escultura permanece mucho tiempo después que la civilización que la creó; un mural puede despertar el interés por la historia y por el pensamiento con gran efectividad entre quienes transitan cotidianamente y lo observan de reojo. Creo que un sueño sobrevive cuando llega a tener algo en común con la realidad. 




miércoles, 22 de agosto de 2012

POSGUERRA

El pasado miércoles participé en un foro titulado “Narrativa guatemalteca de posguerra” y me tocó, junto a mis compañeros de mesa: Carol Zardetto, Gerardo Guinea , Carolina Escobar Sarti y Arturo Arias, hacer referencia a los libros publicados durante los últimos quince años y que se acercan literariamente a temas como la memoria histórica, el desencanto político y el lento paso del autoritarismo a la democracia en Guatemala.


La discusión fue por demás interesante. Por extraño que parezca, a la fecha no se había conversado acerca de la “posguerra” en el plano meramente literario. Recuerdo que cuando empezamos a publicar nuestros primeros libros, a finales de la década del Noventa, nos colocaron dicho marbete de forma inmediata. Ahora, diez años después, opino que tal categoría no es acertada. La posguerra no la conformábamos los intelectuales que en ese entonces salíamos de la adolescencia. Todo lo que esto significa estaba encriptado en la obra de escritores que vivieron el exilio, la derrota histórica de la izquierda o la tristemente anunciada privatización de la vida que ocupó a los gobiernos de la región centroamericana a inicios de este milenio.

Creo que a mi generación le tocó ser más testigo que protagonista de ese cambio de escenarios políticos y sociales que trajeron consigo los Acuerdos de Paz. Sin embargo fue a partir de los primeros años del Dos Mil cuando la literatura comenzó a buscar en los despojos de la guerra su significado. Novelas que tienen como punto de partida los Archivos de la Policía Nacional (Material Humano de Rodrigo Rosa), o el retorno luego de un largo éxodo (Con Pasión Absoluta de Carol Zardetto), o las enormes contradicciones ideológicas de la lucha armada (Sopa de Caracol de Arturo Arias), o la barbarie asumida como política de estado (El árbol de Adán de Gerardo Guinea, El arte del asesinato político de Francisco Goldman) o la victoria del desencanto cínico y trágico (Indolencia de Horacio Castellanos Moya, Ruido de Fondo)... todo eso que son acaso las formas adoptadas para transcribir este laberinto lleno de minotauros que hoy llamamos Guatemala del presente.

miércoles, 15 de agosto de 2012

LA VOLUNTAD DE LOS INVISIBLES


Los invisibles son seres de acero. Desde el principio, su vida es una constante lucha por no dejarse borrar. Saltan directo a los brazos de la partera o del estudiante residente de turno en cualquier hospital nacional. Uno de los tres, cuatro, cinco… hijos de una familia pobre. Casi siempre con pocos estudios, la escuela está siempre lejos de la casa y lejos del jornal que apenas alcanza para darle de comer a todos. Caminan, caminan, caminan y caminan; toda su vida están en tránsito, de peor a mejor y de mejor a peor. La mayor parte de su existencia es un largo préstamo, porque si quieren mantener algo calentándose en el fuego, tienen que recurrir a los usureros de siempre.

Los invisibles apenas si ocupan un sitio. Colman cuartos alquilados por trescientos quetzales; pasan días buscando quién necesite un empleado de confianza; se pierden entre los peatones que cruzan velozmente el periférico y que más de algún piloto maldice o atropella.

Los invisibles se hacen ver  tarde o temprano. Pueden sobresalir, pero tienen que demostrar un talento extraordinario para ser vistos. La mayor parte de la gente nunca los podría en su vitrina de héroes; no se parecen a los modelos que promocionan vehículos o refrescos en los programas de cable; su apariencia está más cerca de quienes salen en las noticias esposados y consignados por la Policía.
La voluntad de los invisibles que vienen de pueblos invisibles de países invisibles; esos que vienen de lugares como Guatemala, donde esperamos que los mesías bajen de helicópteros o de vehículos blindados. No esperamos que vengan caminando, que vengan andando. Solo su gran pasión y su voluntad a prueba de todo, pueden hacer  que nos fijemos en ellos. Cuando dejan su huella en nosotros. Cuando todos –sobre todo los oportunistas y demagogos- los señalan y dicen: “Los vi primero”.

La grandeza en nuestro país comienza a crecer donde nadie la ve; de eso, su verdadera grandeza. Gracias, Érick, por tu inspirador ejemplo de voluntad y de sencillez.



martes, 7 de agosto de 2012

ESPEJITOS Y ANOREXIA CULTURAL

Un amigo que vino de visita recientemente me comentaba lo ridículo que era encontrar más agentes de seguridad cuidando una panadería, que custodiando el Archivo General de Centroamérica o el Museo de Antropología e Historia. Su observación me causo una reacción muy confusa: ¿De dónde nos viene a los guatemaltecos tanto desinterés por nuestro verdadero significado?

Tanto en el Archivo como en el Museo coinciden valores que los guatemaltecos nunca hemos terminado de comprender. Nuestra historia, por ejemplo, se explica fácilmente en los documentos resguardados en el heroico edificio del Centro donde se conserva la memoria de cuantos intentos han existido por construir una Guatemala. Paso todos los días frente al Archivo General de Centroamérica y observo a las personas que esperan su bus enfrente; los veo con sus rostros cansados esperando esa camioneta que nunca pasa, mientras del otro lado de la calle, sin ninguna fanfarria, aguarda el tesoro documental más importante del Istmo; tan cercano y tan lejano de quienes sufren por las visiones desviadas de quienes tienen hegemonía en esta nación.

Por otro lado el Museo de Antropología e Historia -acaso el sitio de interés más importante que hay en la ciudad- protege, con su enorme estructura de palacio ubiquista, la colección más grande de tesoros arqueológicos mayas que existe. Es triste que un templo de la identidad nacional no despierte en la voluntad colectiva la misma fascinación que provoca un centro comercial en domingo. Con nuestro analfabetismo funcional de adultos, los chapines sentimos como una aberrante pérdida de tiempo el visitar un museo, he visto a compatriotas despotricando por los cinco quetzales que le cobran en la entrada, porque está muy generalizado entre nosotros creer que la cultura no nos debe merecer ningún esfuerzo.

Somos una sociedad de valores errados. Valores errados para todo. En vano esperamos que los espejitos que cambiamos por oro valgan algo. De eso que en la historia, como en el presente, los guatemaltecos dejemos expuesto lo más valioso que tenemos a cambio de resguardar esas baratijas que consideramos nuestros tesoros.

miércoles, 1 de agosto de 2012

PANTALLA DEL MUNDO PRESENTE


Extraño mundo presente. El público corre despavorido porque un loco, James Holmes de 24 años, irrumpe en el estreno de la última secuela de Batman "The Dark Knight Rises" con un fusil de asalto, una escopeta y dos revólveres. Dispara a la multitud, mata a 12 personas, hiere a más de medio centenar.

Extraño mundo presente. Holmes no pudo incorporarse a la legendaria Asociación Nacional del Rifle (una noble aspiración para cualquier televidente que digiere todos los programas para amantes de las armas que pasan en History Channel) porque es un tipo repulsivo, un raro con pelo teñido de anaranjado y con apariencia de drogadicto. Alguien que dista mucho del marine controlado, normalmente bélico y macho. Éste pobre diablo es un desequilibrado de tantos, un nerd, un inadaptado, otro de esos adultos melancólicos que sobrevivieron a una infancia solitaria frente al televisor mientras sus padres trabajaban.

Extraño mundo presente. Los fanáticos de la versión cinematográfica de Batman de Cristopher Nolan, sufren las consecuencias de los trastornos de este loco. Un tipo que vestido como el Joker, popular enemigo del hombre murciélago, arroja a la audiencia una bomba de gas y le dispara indiscriminadamente. La gente real cae muerta en los graderíos del cine.



Extraño mundo presente. En la pantalla la muerte se ve tan bien: las explosiones, los helicópteros cayendo en llamas, los balazos... pero cuando uno paga la entrada para ver una película en 3D que ofrece aparatosos efectos especiales de este tipo, uno no espera esa realidad dolorosa. La realidad que no tiene nada glamour, la realidad sin héroes vestidos de negro, la realidad sin gente linda que antes de morir dice palabras inspiradoras.



Extraño mundo presente. Queremos el espectáculo de la muerte, no encontrar la muerte en el espectáculo mismo. Otros deben ser los que sufren. Los protagonistas de los titulares de prensa siempre deben ser los otros. Así es como la vida transcurre en la pantalla del mundo presente. Pero aún con las tragedias, ya sabemos, el espectáculo siempre debe continuar.