miércoles, 22 de febrero de 2012

MÉXICO

-Óyeme, es cierto, crecí leyendo y escuchando acerca de ellos, pero me olvidé que nacieron en Guatemala. Esa fue la respuesta que me dio un periodista tabasqueño cuando mencioné como mis honrosos compatriotas a Luis Cardoza, a Carlos Mérida y a Tito Monterroso. Sus palabras me dejaron suspendido en una pregunta: ¿qué significado puede tener el lugar donde uno nace, si la verdadera patria es la que nos ofrece una vida digna? Difícil reflexión cuando se lleva un gafete colgado al cuello que lleva escrito “Guatemala”. Y efectivamente, en aquel encuentro de poetas, me tocó la responsabilidad de hablar de nuestra historia literaria. Sin embargo no tuve que dar muchas explicaciones, la mayoría de escritores mexicanos la conocían, incluso, de manera más íntima que yo mismo.

Esos enormes autores que publicaron y desarrollaron toda su vida en el país vecino del Norte.

Ese otro país en el que hallaron un refugio para su éxodo político, donde fueron recibidos por gente culta y generosa que los adoptó como propios. Allí publicaron sus libros, allí les organizaron sus mejores exposiciones y cuando murieron fueron honrados por las autoridades más altas del gobierno mexicano, al margen del silencio e ignorancia de sus compatriotas chapines.

Creo que es un lugar común esta queja. Lo pensé mientras observaba cómo la organización del evento literario cuidaba hasta del más mínimo detalle para que nuestra estancia fuera confortable. México logró darle un sitio privilegiado a las artes dentro de su ideario nacional y fueron sus mismos intelectuales los que decidieron involucrarse para que esto sucediera. Algo que en un país como el nuestro, tan brutalizado por la guerra, no fue posible. La cultura artística no mereció ni una línea dentro de los Acuerdos de Paz, ningún creador fue invitado para poner su firma en el documento que “abriría” las puertas a una nueva época. Algo que dice mucho del desprecio que existe respecto al trabajo intelectual en nuestro país.

Quizá la postura más equilibrada sea dejar a un lado las amargas comparaciones, todo lo contrario, es tiempo de plantearse el tema desde un presente donde la participación de los artistas guatemaltecos es más visible que nunca.

miércoles, 15 de febrero de 2012

LUZ,CÁMARA, !A...

Cronistas e historiadores del cine refieren que durante la primera exhibición de una película, los hermanos Lumière –inventores e impulsores del cinematógrafo-, tuvieron que contener el pánico de los espectadores. La proyección de un tren saliendo de su estación hizo que el público entrara en histeria y huyera por la puerta. Curioso inicio para un espectáculo de feria que llegó a convertirse en la multimillonaria industria que es hoy en día.

Nunca he escuchado anécdotas acerca de la primera vez que se exhibió una película en Guatemala. Existen vagas menciones acerca de una sala de cine, en la novena calle y octava avenida de la zona uno, donde el padre del pintor Carlos Valenti instaló el primer cinematógrafo.


En nuestra historia, donde existe una abundante bibliografía acerca de vesánicos dictadores, revoluciones truncas y atrocidades de guerra, apenas se dedican unos cuantos párrafos a los acontecimientos culturales importantes. No hay investigadores ni instituciones ni proyectos de archivo que pongan atención a sucesos que han transformado nuestra sociedad de forma creativa. No hay un banco completo de datos que registre su memoria artística. Así, la historia del cine nacional –y demás artes- va pasando inadvertida en una época de plena efervescencia.


Entre la diversidad de propuestas artísticas emergentes, es en el cine nacional donde se encuentra la mayor cantidad de entusiasmo, de energía y de producto acumulado. Aproximadamente veinte títulos cada año, el festival más importante de Centro América y media docena de directores que logran reconocimientos importantes en el extranjero son prueba de ello. Sin embargo no ha sido posible dar luz verde a una iniciativa de ley que apoye el crecimiento de una industria de cine. Porque esquinada entre las postergaciones menos urgentes del Congreso de la República (núcleo y epicentro de lo peor de Guatemala) se encuentra una propuesta que puede ser el punto de partida para hacer un cine dignamente financiado. Pero bueno, ya lo sabemos de memoria, la cultura inteligente siempre estará lejos de las prioridades demagógicas de los políticos chapines.

miércoles, 8 de febrero de 2012

AARÓN

Cada sermón de infancia venía acompañado de comparaciones humillantes. Y para compararnos no había mayor ejemplo de virtud que Aarón.
Aarón, el hijo más pequeño de doña Tere -la viuda que vivía en la casa de esquina- era un niño silencioso que encantaba a todas las mamás del barrio. Educado, limpio y serio, siempre acompañaba a su madre y nos pedía de manera atenta que no pateáramos la pelota cuando ellos iban pasando. La madre del chico jamás le permitió que jugara con nosotros. Lo que hacía de Aarón un verdadero marginado, un buen muchacho apartado del resto de patanes que, como tantos y tantos otros niños, crecíamos a la intemperie en una época en que aún era posible tal cosa en Guatemala.
Crecimos y nos convertimos en adolescentes difíciles. En mi caso odiaba ir a estudiar y mi conducta en el colegio era reprobable. No tardé en conseguir novia y eso agravó mi mala fama. Mis amigos no distaban mucho de mí, todos eran pésimos estudiantes y uno que otro empezaba a beber o a fumar. Pero Aarón no, él seguía acompañando a su madre a la iglesia evangélica que estaba cerca del campo de fútbol de la colonia.
Poco después Aarón era el líder del grupo de jóvenes cristianos que se reunían el sábado en la casa de unas guapas hermanitas, nietas de la señora de la tienda. Una vez fui por mera curiosidad. Allí aquel muchacho se comportaba como en su salsa. Era elocuente y dedicado a su labor. Desde entonces me resultó simpático, a pesar de mantener una distancia infranqueable con mi apariencia y terrible reputación de patán de esquina.
No supe más de Aarón hasta veinte años después, cuando me enteré por un amigo de infancia, que aquel chico ejemplar estaba en la cárcel. Resulta que Aarón fue hallado culpable de violar a tres niños. Los esperó en las puertas de un escuela pública de la zona 7, abusó de ellos adentro de su vehículo y los dejó abandonados en un terreno baldío cercano al lugar del delito. Los investigadores encontraron en su casa ropa interior y cedés con pornografía infantil, suficiente evidencia. Su madre, Doña Tere, hasta la fecha dice que ella nunca supo nada, que su hijo parecía un verdadero siervo de Dios.