miércoles, 12 de diciembre de 2012

QUERIDO GUATEMALTECO


¿Dónde rastrearte querido guatemalteco?, ¿dónde puedo hallarte? A veces te siento tan lejos. A veces, sin darme cuenta, estás parado frente a mí cuando me veo al espejo… sin embargo pierdo esa  imagen y no vuelvo a encontrarte. 
Cuesta llevar tu paso, querido guatemalteco; algunas veces vas tan deprisa, otras vas tan, pero tan lento, que pareciera que jamás vas a alcanzar el presente. Es que tu tiempo es extraño, estás aquí adentro, en este Jardín de las Delicias industrializado, pero vos solo aguardás un sitio alrededor de esa frágil hoguera de ignorancia  y de miseria que permanece como lastre de un mundo antiguo. A tus manos no llega la tecnología de la esperanza, llega el muy lejano reflejo de civilizaciones donde restaron balas y pusieron libros; donde las universidades son los verdaderos megatemplos; donde la identidad se dignifica con salarios justos y no meras campañas nacionalistas. 

¿Cuáles son las ceremonias donde puedo hallarte querido guatemalteco? No reconozco nada. No te encuentro ni en lo indígena ni en lo ladino, porque ya se parecen demasiado. No sé si el espectáculo que me muestras es algo auténtico tuyo, o es tan solo un truco para engañar a turistas o a cooperantes internacionales. ¿Dónde estás? ¿En el logo de una marca de cerveza? ¿En el eslogan de un banco? ¿En el Lago de Atitlán percudido por vallas publicitarias que anuncian cobertura telefónica en todo el país? Los museos están vacíos de gente como vos y los centros comerciales se llenan a reventar. ¿Será que por tristeza decidí mejor hacerte a un lado? Ahora estoy acá, encontrémonos. No puedo hacerte a un lado. No puedo huir.

Ojalá, mi querido guatemalteco, podamos reconciliarnos en esta vida. Ojalá pueda rastrearte en mi memoria y decir que significás todo: el celaje de luz entrando por la ventana, el papel de china moviéndose en el viento, la gente frágil para reírse, aquellos que conocimos, aquella gente sin miedo ni resignación.

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