miércoles, 7 de marzo de 2012

TASSO

Nunca tenemos pláticas triviales. Casi siempre me ve a los ojos y tiene un comentario que me hace sonreír. Desde que conozco a Tasso Hadjidodou nuestros encuentros van más o menos de esa forma.

Con Tasso coincidimos en los mismos lugares. Está en un concierto de la Sinfónica, en la presentación de un libro, en una exposición retrospectiva o en una reunión para organizar algún festival. Es un invaluable acompañante del arte guatemalteco. Lo conocí en 1998 precisamente en una de estas circunstancias.

Cada lunes asistía con mi esposa y un par de amigos a la Alianza Francesa para ver cine clásico. Las proyecciones se hacían para el pequeño grupo de espectadores que llegábamos a las seis de la tarde a esa vieja casona del Centro. Aquella tarde no encontramos ninguna película, encontramos una cafetera encendida y una canasta con champurradas, una mesa al fondo del salón y un micrófono. Se trataba de la primera reunión para organizar el Festival del Centro Histórico. Las personas encargadas de explicar el proyecto eran el escritor Max Araujo y Tasso. No podría describir cómo, pero de un momento a otro ambos incluyeron al grupo de artistas jóvenes, al cual yo pertenecía, en el programa de actividades. Así fue como surgió el equipo de Arte Urbano, una fuerza creativa emergente que invadió las calles de la zona 1 durante el mes de agosto del noventa y ocho. Mucho de lo realizado por nosotros recibió el apoyo de estos invaluables gestores culturales; ellos vieron en nuestra propuesta la posibilidad de traer nuevo aire al medio artístico sobreviviente del exilio, de la persecución y de la debacle de la guerra. Fue en una curiosa presentación de mi primer poemario, donde Tasso comentó el texto junto a mis amigos del grupo La Tona en un mismo performance.

Tasso ha recibido varios homenajes, incluso tiene una curiosa estatua en la Sexta Avenida. Merecidos reconocimientos para un hombre generoso. Es reconfortante saber que en esta sociedad tan afectada por contradicciones y resentimientos, exista la posibilidad del afecto y de la gratitud para una persona que durante décadas ha servido a la cultura de nuestro país. Que a sus noventa y un años, siendo griego, belga y francés, siga escribiendo y acompañando nuestras ideas, lo convierte en un ejemplo para los guatemaltecos de esta y de las generaciones por venir.

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