miércoles, 21 de marzo de 2012

MACONDO

Alan Pauls, en su libro “El Sitio de Macondo y el eje Toronto Buenos Aires”, rotula a las actitudes de los países latinoamericanos,mitad provincias medievales y mitad urbes globalizadas, como macondismo. El autor hace alusión a una de las obras maestras de la literatura escrita en español: Cien Años de Soledad del colombiano Gabriel García Márquez.
Dejando de lado el extemporáneo culto por la obra de García Márquez, aquella novela publicada en 1967 acertó en el clavo al poner a Latinoamérica de cuerpo completo, inserta dentro un pequeño pueblo llamado Macondo.
Macondo es esa provincia donde confluye todo el universo cultural de sociedades como la nuestra, repleta de seres que, ingenua y tardíamente, van abriéndose camino por un mundo que avanza más rápido que sus miedos religiosos, que sus delirios políticos y que sus intolerancias.

Los guatemaltecos padecemos un macondismo agudo cuando se trata de ver una amenaza en cualquier cambio generacional. Algo sumamente visible al encontrarse con argumentos ideológicos aberrantes que se exhiben en cosas tan triviales como bautizar un paso a desnivel con el nombre de un dictador; polemizar en los medios respecto a la explotación nacionalista de un refresco; usar el sarcasmo para ningunear a los artistas contemporáneos guatemaltecos más destacados; bautizar estudiantes universitarios de forma humillante; o encontrarse con el miserable dato de que son los libros y las revistas los artículos que menos se consumen en el país.

Evidentemente la tecnología es lo único que evoluciona en estos macondos centroamericanos. Podemos convivir con teléfonos satelitales, pero seguir inmersos en la más profunda incomunicación con el mundo. Podemos tener doscientos canales de televisión, pero seguir babeando como borregos frente a los programas de cámara escondida o en los Latin American Idol. Tenemos la capacidad de elegir en la biblioteca más grande,el Internet, pero vamos a escoger siempre la información más superficial y sin contenido. Es precisamente ese cerco de ignorancia lo que nos convierte en la más remota periferia.

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