miércoles, 11 de enero de 2012

A1

Recuerdo muy bien la mañana que fui a sacar mi primera cédula. Un día de febrero del ya lejano 1994. Fotografías en mano, partida de nacimiento en mano, formulario en mano... haciendo una eterna fila conformada por gente con niños chiquitos y tramitadores. Pagar el bendito Boleto de Ornato, luego pasar a que me midieran y terminar con alguien que anotaba mis rasgos físicos. Uno era “blanco” según los ojos del burócrata de turno. Uno tenía cicatrices o lunares visibles, si lo creía conveniente el responsable municipal. Hice una mamarachada de letras y rayas en el minúsculo espacio que dejaba el registro para mi firma y salí con un papel para reclamar mi documento al día siguiente.


Tenía 18 años, lo que significaba que ya era un adulto responsable por mis acciones. El tiempo parecía ir cambiando junto conmigo. Recuerdo que previo a recoger mi cédula de identificación, pasé una larga mañana haciendo recortes de prensa. Yo era otro de los tantos recién graduados bachilleres buscando un trabajo. Al recibir mi documento me encontré con un frágil cuadernillo que guardé junto a la página que ocupaba mi curriculum vitae.


Con la cédula vino toda esa caterva de requisitos para pedir empleo: antecedentes penales y policíacos, cartas de recomendación, papeles de salud pública... Horas bajo el sol, tratando de obtener un papelito aquí y otro por allá, todo con tal de llevar la dichosa “papelería completa” a lugares que al final resultaron siendo empleos mal pagados y sin ningún tipo de prestaciones. Así fue como entendí lo que significaba ser un nuevo ciudadano guatemalteco: una larga fila de odiosos trámites estúpidos a cambio de que nadie pueda quitarnos lo mínimo para vivir. Todos los días veo en el Centro esas enormes colas de nuevos adultos desempleados haciendo trámites, tratando de ubicarse en en esa línea de salida en un país donde la competencia es únicamente por sobrevivir y dejar bien dormida cualquier infancia.

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