jueves, 11 de agosto de 2011

NARCODRAMAS


A finales del 2009, agentes de la Procuraduría General de México capturaron a Santiago Meza López, alias “El Pozolero”, miembro del cartel de Tijuana. Los detalles de su caso bien podrían armar el guión de alguna película de la serie SAW.

Uno de tantos obreros desempleados que se ganaba la vida sacando chances para los narcos. El trabajo de Meza López era el de disolver cadáveres dentro de un tonel lleno de ácido, para luego esparcir los restos en la patio de atrás de su casa. El apodo de Pozolero deriva del nombre de un platillo tradicional mexicano que lleva muchos ingredientes en una sopa. La historia es repugnante y sumamente triste. En sus declaraciones, este albañil reconvertido en criminal, admitió haber deshecho a más de trescientas personas.

La prensa sensacionalista se volvió loca. Su historia devino en una serie de documentales y hasta en una película de bajo presupuesto. Algo que no es poco común, ya que los narcodramas son inmensamente populares dentro de nuestras sociedades fallidas. El pobre que se vuelve rico dejando sus valores en pausa, trayéndose abajo a ese sistema de clases y mandando al carajo a esa farsa que en nuestros países llaman “libre empresa”. El pobre que práctica un extremo-capitalismo, donde la oferta y la competencia son menos simples que en el manualito gerencial de alguna universidad privada. Pero al margen del morbo que puedan levantar las historias de mafia, permanecen acciones reales muy difíciles de aceptar por los gobiernos afectados por esta guerra: la miseria es el oxígeno del crimen. Ese maldito tema de la repartición de la riqueza lejos de nuestras zonas de confort clase mediero, eso que hace germinar toda esta violencia. El desempleado no se vuelve en asesino de la noche a la mañana. ¿Cuántos delincuentes del mañana están pidiendo, ahora mismo, una moneda debajo de un semáforo y ante nuestra total indiferencia? ¿En qué momento el hambre obliga a una persona honesta a cruzarse todas las líneas?

lunes, 8 de agosto de 2011

CIUDAD GÓTICA

Es triste admitir que este país se convirtió en aquel que imaginé de niño: el de los episodios de la serie Batman de los sesenta. La ciudad de un superhéroe a go-go que resplandecía en aquel televisor Majestic que momentáneamente perdía los colores.

Es que todo se ha vuelto tan retorcido en Guatemala, que ya nada nos parece extraño. Entre la violencia incontenible, la impunidad, las situaciones delirantes (hoyos que se abren de pronto tragándose las casas, por ejemplo) y los ridículos disfraces que se ponen los candidatos a la presidencia, pues ya no queda mucho que envidiarle a los personajes de cualquier cómic. Entre pingüinos, guasones, hiedras venenosas y sin gatúbelas –lamentablemente- los guatemaltecos vamos descifrando la patética realidad que se nos presenta.

Somos como Ciudad Gótica, pero con héroes maniatados por la corrupción institucionalizada más poderosa de la región y donde el engranaje de leyes y sistemas de justicia no son otra cosa que las extremidades visibles de un crimen muy bien organizado.

Mi comparación es frívola, sin embargo la creo oportuna. Con sólo abrir los diarios cada mañana y ver las noticias, caigo de inmediato en una espiral de deterioro donde me siento como el pasivo lector de una historieta repleta de absurdos. Absurdos de una sociedad en la que reiniciamos cada día nuestra propia tragedia y donde rastreamos esperanza en cualquier politiquero con discurso de oferta.

Mi amigo Sergio Valdés afirma que la ficción reinventa la realidad. Yo también lo creo. Lástima que los guatemaltecos no estemos reinventados por Hojas de Hierba de Walt Whitman o por una colosal novela decimonónica, sino por una disparatada serie de televisión llena de situaciones bizarras y patéticas.

Maquilamos tanta incertidumbre y tanto desencanto que nuestra debacle está acercándose vergonzosamente a la comedia.

Acaso el estanco más difícil sea precisamente éste, donde el absurdo ha dejado de ser divertido y se ha convertido en nuestra rutina de todos los días.