viernes, 22 de julio de 2011

POR QUÉ NO LEEMOS LOS GUATEMALTECOS

¿Por qué no leemos los guatemaltecos? Tonta pregunta para un panel foro de especialistas. Llueven respuestas; se acusa a los maestros, se acusa a los padres, se acusa al gobierno y se acusa a la televisión. Todo cargado de golpes de pecho, de moralinas y de conclusiones fatales. Los intelectuales se suben los lentes por el arco de la nariz, hacen una mirada inspirada, corrigen sus notas y dicen: la lectura es un factor esencial... desde niños este hábito debe ser estimulado por...

Entroniza el blá blá blá; pero nadie acierta a dar una estrategia efectiva que despierte el interés por lectura en las mayorías.

No es llevándole toneladas de libros a las bibliotecas como se fomenta la lectura. Tampoco obligando por decreto a que los alumnos de las escuelas nacionales lean cinco libros en un año. Yo recuerdo que mis maestros me obligaron a leer María, El canasto del sastre y Leyendas de Guatemala, logrando que se apagara mi deseo de leer durante la adolescencia. Quienes me ponían esos libros en la cara, eran tan ignorantes y tan poco entusiasmados por la literatura, como cualquiera de mi clase. Leer significaba pasar raspado el examen de Idioma Español, no entender absolutamente nada y aplatanarse durante una tarde aburrida (diccionario en mano) a rebuscar la jerga modernista de Jorge Isaacs. Evidentemente el acceso forzado a los libros no me sirvió de ningún aliciente. Mi dependencia de la lectura vino por razones más hedonistas, digamos, más placenteras.

El guatemalteco no lee, por una actitud que lo envuelve todo en este país: no existe el disfrute por hacer las cosas, todo debe hacerse con sacrificio y desinterés. Así el lector joven que se entusiasma por un best seller, inmediatamente es censurado y corregido por los sacristanes de la cultura, que opinan que un chico que se entretiene leyendo manga o uno de los libros de la saga Twilight es un consumista de literatura chatarra, no un lector y un pensador en potencia. Quizá todo devenga porque el rasgo educativo que impera nuestra sociedad es la intolerancia hacia cualquier tipo de diversidad. Leer es leer, ese es el primer paso para un país de lectores, por eso celebro la Feria internacional del libro en Guatemala una colmena para lectores y libros muy diversos, lo que significa un valioso esfuerzo.

miércoles, 13 de julio de 2011

EN LAS CALLES DE GUATEMALA


En las calles de Guatemala reptamos sin crecer, porque crecer significa morir. En las calles de Guatemala hay una escarcha de resignación que nunca se derrite. En las calles de Guatemala un chico de quince le dispara a una abuela de sesenta. En las calles de Guatemala hay un vendedor de algodones de azúcar frente a la escena del crimen. En las calles de Guatemala sicarios y oficinistas comen en la misma carretilla de hot dogs. En las calles de Guatemala los buses se quedan sin piloto. En las calles de Guatemala los grafiti dicen todo, pero a nadie le interesa. En las calles de Guatemala suceden milagros que se pierden en el ruido. En las calles de Guatemala los altoparlantes le piden a Dios que no se vaya. En las calles de Guatemala los niños le sacan brillo a los zapatos de los ministros. En las calles de Guatemala el dolor ya no nos devuelve nada. En las calles de Guatemala las vallas publicitarias nos bloquean el cielo. En las calles de Guatemala los pájaros se estrellan contra las campanas de las iglesias. En las calles de Guatemala los puentes tienen cercos para que nadie salte de ellos. En las calles de Guatemala la sirena de una ambulancia separa el mar rojo de la hora pico. En las calles de Guatemala los diarios envuelven la carne roja de los mercados. En las calles de Guatemala las victorias se saludan con cohetillos calibre cuarenta y cinco. En las calles de Guatemala los muros son altos e imposibles de saltar. En las calles de Guatemala la poesía se derrite sin finalizar su camino. En las calles de Guatemala quedan volcanes de ropa sin gente. En las calles de Guatemala no se respira sino se sangra. En las calles de Guatemala la tristeza se abre por todos lados. En las calles de Guatemala estas palabras pasarán hoy directo al olvido. En las calles de Guatemala nos gritamos todo y no podemos decirnos nada.

miércoles, 6 de julio de 2011

LOS CONDENADOS DE LA TIERRA

Frantz Fanon: Con frecuencia se cree, en efecto, con una ligereza criminal, que politizar a las masas es dirigirles episódicamente un gran discurso político. Se piensa que le basta al líder o a un dirigente hablar en tono doctoral de las grandes cosas de la actualidad para cumplir con ese imperioso deber de politización de las masas. Pero politizar es abrir el espíritu, despertar el espíritu, dar a luz el espíritu.

Esta cita pertenece al libro “Los condenados de la tierra”, publicado en francés en el año 1961, poco después de la muerte de este brillante pensador de origen africano. Esta obra es una amarga reflexión acerca de la disparidad entre los países pobres y los países poderosos. Fanon abarca el tema de las colonias o sea, el tema de esos países inferiores, de esos países tarados que llenan África, Asia, América y Oceanía. Esos impresentables países que nunca desarrollaron un pensamiento propio y que luego de alcanzar su farsa independentista, mantuvieron intactos los viejos esquemas de relación económica, política y –sobre todo- cultural entre sus ciudadanos de primera o de segunda clase. Países como Guatemala, por ejemplo.

El discurso del colono sigue intacto entre nosotros. Somos mestizos con aspiraciones criollas. Desconfiamos del indígena porque toda su cultura nos parece inferior y desde el poder aún se conserva la premisa de que modernizar el país es deshacernos del molesto legado de violencia y de marginación que está presente en toda nuestra historia, así, con un simple tachón.

¿Por qué no hay líderes que nos inspiren? Esa es la pregunta que aparece por todos lados. Mis respuestas son sencillas: Porque no hemos tenido el valor de fundar un país nuevo, sin todas esas taras heredadas; porque no creemos en nosotros mismos y preferimos seguir repitiendo, una y otra vez, el mismo modelo fallido que nos heredaron quienes vinieron a despojarnos; porque seguimos concediéndole el poder a quienes jamás nos lo concederán a nosotros.