miércoles, 29 de junio de 2011

AYER, POR EJEMPLO

Tiene el pelo a la rapa y usa un vestido floreado sobre una bermuda llena de lodo. La veo masticando algo, quizá los gajos de una naranja. Me pide un quetzal, a veces le doy una moneda antes de cruzar la calle. Me acostumbré a verla añadida al Palacio Nacional, adentro de la verja y sentada cerca de los rosales. Ayer, por ejemplo, pasé y estaba cubierta debajo de un nylon azul, llovía y ella permanecía inmóvil sobre la cubeta plástica de siempre. Son una mierda, malditos,asesinos... grita de vez en cuando a la puerta del Palacio. El personal de seguridad la observa, algunos disimulan y otros se ríen. Pero sus gritos suben por los escalones, cruzan las puertas, llegan hasta las oficinas y el eco se reparte en los corredores.

No sé nada de ella. Creo que duerme en el callejón del Mercado Central, una madrugada la ví moviendo sus cosas hacia allá. Lo único que sé es que es tan fiel como un fantasma, no hay mañana ni tarde ni noche que ella no vele la misma esquina. Ni siquiera cuando asoma algún encopetado político extranjero y se hace necesario redoblar la seguridad. Se mueve unos cuantos metros, lejos de todo el aparato de carros polarizados, radios y armas, pero no se despega de la misma banqueta.

La memoria es la intemperie. La memoria es el zumbido que se dispersa entre los vehículos y hace temblar las ventanas. La memoria es el paso rutinario de los solitarios en la esquina de la Sexta avenida y Séptima calle. La memoria es una bandera pesada que se escurre sobre una plaza con desempleados que se llama “Constitución”. La memoria es un edificio disecado frente a los manifestantes que extienden sus mantas cada semana y que sin nada vuelven a casa.

Vendrá un nuevo gobierno muy pronto. La misma mujer seguirá vigilando la misma esquina. Vigila para que la memoria no se escape por completo y para que sus gritos nos enciendan una llama adentro.


miércoles, 22 de junio de 2011

GOBERNEITOR

Curiosamente aquella montaña de músculos que fuera el ícono cinematográfico de la política norteamericana durante la era Reagan, hoy en día pasa tan mal momento, como el que experimentara aquel pobre Bill Clinton declarando sobre el asunto Lewinsky. El supremo gladiador de la moralidad M16, don Arnold Schwarzenegger, se enfrenta a su empleada guatemalteca, que lleva más de una década trabajando para él y compartiendo el mismo techo junto a su hijo adolescente que resultó ser,¡oh paradoja!, hijo del actor.

Ni todas sus grotescas actuaciones como padre embarazado o como cazador de alienígenas en Centroamérica lo libran del gran camote que significa haber vivido todos estos años compartiendo su vida hogareña con su hijo ilegítimo Sargeant, sin reconocerlo. Que California haya elegido a un gobernador como Schwarzenegger evidencia el populismo inserto dentro de la política estadounidense. La ingenuidad del ciudadano que no diferencia entre el “actor” construido por publicistas y el líder, es desesperante. Poner en manos de espejismos mercadotécnicos la realidad de la administración pública es el peor de los males de la política contemporánea.

La sonrisa postal que los electoreros lucen para representar la moral, los valores conservadores o las familias integradas, resultan siendo tan falsas como las lágrimas de Terminator. Imagínese usted, si esto sucede dentro de las entrañas de uno de los sistemas políticos más ordenados del mundo, ¿qué podemos esperar de los goberneitors guatemaltecos?

Es muy común que los adalides de la moralina convivan con sus pecados dentro de su propia casa. Defectos humanos que no tendrían nada de extraordinario, si no fuera porque concentran todo lo que ellos mismos señalan y quieren combatir.

Predicadores perdidos en prostíbulos sado, célibes sacerdotes mediáticos que mantienen romances en playas caribeñas, mafiosos que apelan por la pena de muerte y demagogos de la pobreza que no saben lo que es pasar hambre. Todo esto choca con la realidad concreta, cuando luego de cazar ingenuos, sus mismos fantasmas surgen y dejan desnuda su condición de seres humanos atrapados entre su propia imagen y sus discursos fanáticos.

jueves, 16 de junio de 2011

PREFIERO EL SILENCIO.

Prefiero el silencio, a la absurda práctica de las mentiras. Prefiero lo nuevo, a lo viejo comprobado. Prefiero ver los apretones de mano, a las actas y a los contratos. Prefiero los errores expuestos, a las perfecciones aparentes. Prefiero estar afuera de la prosperidad, a estar adentro del delito. Prefiero concluir un libro, a leer una noticia. Prefiero acumular ideas, a llenarme de dudas. Prefiero escribir acerca de quienes crecieron conmigo, a escribir sobre los grandes problemas del mundo. Prefiero hablar con quienes toman cerveza en las tiendas, a los foros intrascendentes sobre corrección política. Prefiero la memoria sin resentimiento, al olvido indiferente. Prefiero a los que nos muestran verdades incómodas, a los que prometen democracias falaces. Prefiero a los que fuman marihuana, a los que violan niños en las iglesias. Prefiero a los revolucionarios activos, a los militantes del fracaso. Prefiero a los intelectuales periféricos, a los cosmopolitas mediocres. Prefiero los discos, a los videoclips. Prefiero los carros viejos, a las camionetas polarizadas. Prefiero ver crecer a mi hijo y tener algo de qué hablar con mi esposa, a envejecer rodeado por desconocidos. Prefiero un lector sincero, a un premio literario. Prefiero un anarquista, a un activista pajero. Prefiero una opinión sincera, a un análisis incierto. Prefiero encontrar amigos, a lograr aliados. Prefiero gastar en un buen libro, a comprarme un teléfono caquero. Prefiero terminar un principio, a comenzar un final. Prefiero un pasado vivo, a un presente muerto. Prefiero las mañanas, a los medios días. Prefiero asistir a los estrenos, a presenciar los homenajes. Prefiero ir al dentista, a una parranda con reguetón. Prefiero un ladrón de celulares, a un accionista bancario. Prefiero cualquier cosa, a un político guatemalteco. Prefiero andar a pie tranquilamente, a tener un chófer y cuatro guaruras. Prefiero la brillante ingenuidad, al conocimiento sin entusiasmo. Prefiero la luz de la mañana, a las estrellas intermitentes. Prefiero –como dice la poeta polaca Wislava Szymborska– los países conquistados, a los países conquistadores. Prefiero lo absurdo de escribir y pensar y hacer y creer, a lo absurdo de no hacer ninguna de estas cosas.

miércoles, 8 de junio de 2011

CREDO

Mi credo: Creo en Joaquín Orellana, genio creador de nuevos sonidos para un país que no cicatriza.

Creo en Carlos Mérida, filósofo del color que encubre cualquier silencio y cualquier vacío.

Creo en Luis Cardoza y Aragón, porque nos dio un nombre y nos dio palabras y nos dio un espejo para reflejarnos.

Creo en Roberto Cabrera, en su integridad intelectual y en su compromiso con el arte.

Creo en Mario Monteforte Toledo, por nunca claudicar.

Creo en Augusto Monterroso, a quien le debo aquella fábula del rayo que cae dos veces en el mismo sitio.

Creo en Francisco Tún, la única cordura digna, esa sensibilidad callejera que no cae de rodillas.

Creo en Isabel Ruiz y en Luis González Palma y en Moisés Barrios, por hacer ese episodio memorable llamado grupo Imaginaria.

Creo en los jóvenes artistas de San Pedro la Laguna y de San Juan Comalapa.

Creo en Luis de Lión y en Francisco Morales Santos y en Isabel de los Ángeles Ruano y en Margarita Carrera y en Luz Méndez de la Vega y en Ana María Rodas y en Roberto Monzón, los poetas, los nombres que nos nombran.

Creo en mis amigos escritores y artistas que traen consigo un futuro más humano.

Creo en los intelectuales que no llegaron a ver el presente porque el pasado -que quiso silenciarlos por la violencia- no pudo contra su espíritu.

Creo en Lisandro Guarcax y en el grupo Sotzil Jay.

Creo en todos aquellos que buscan sacarnos de esta noche eterna y nos traen de nuevo la luz.

Creo en el Pop Vuh, en El mundo como flor y como invento y en todos los verbos de este lado del planeta.

Creo en el valor de dar el primer paso y de dar la primera palabra al frente.

Creo en quienes nos conceden una esperanza común, algo de aire fresco en medio de tanta soledad histórica y de tanto fracaso.

miércoles, 1 de junio de 2011

ELECCIONES EN CAJA NEGRA

Cuando se acabó el foro, se acabó la política en Guatemala. Es claro que al modelo conservador chapín ya no le queda nada más qué ofrecer, ¿para qué darle argumentos racionales a una población acostumbrada a la imposición por la fuerza y a la violencia? Así, los candidatos a la Presidencia -al menos los mejor favorecidos por las encuestas- parecen rehuir al debate abierto y prefieren refugiarse detrás de sus respectivos púlpitos. Tal parece que apelar al revanchismo electoral, al sermón moralista o a la frase simplona, son las únicas vías de acercamiento que conocen sus equipos de campaña. Sin intelectuales, sólo queda lo peor de esa mercadotecnia de propaganda que vemos por todos lados.

No hay puntos de acción que los actuales candidatos puedan explicar sin tener los sustantivos Dios o Pueblo en la punta de la lengua ¿Tanto es el menosprecio que sienten por los votantes, que ni siquiera pueden ofrecernos una alocución digna? No conozco de ningún debate en el que participen de forma coherente esas empresas, aquí llamadas, “fuerzas políticas”. Unos rechazan entrevistas, otros se dan el lujo de pelear con la prensa. ¿Cuándo se fue la gente pensante de la política?

Quienes podrían devolverle la dignidad a la administración pública, están, en este momento, ganando muy malos salarios y soportando las jerarquías mediocres que impone la coyuntura en Guatemala. Académicos, humanistas, creadores, científicos, expertos... todos desperdiciados en las márgenes. Una verdadera fuerza política apostaría por incluirlos dentro de su plan de gobierno, ellos, no los narco-empresarios que ponen el pisto para la campaña, tampoco las figuritas públicas de poca monta ni los correligionarios biliosos que hacen sus shows en el Congreso, pueden darnos una esperanza racional para sacarnos del eterno pasado y de la continua crisis. Confucio decía que no tener a los mejores en los puestos importantes, era el peor crimen que se puede cometer al administrar el poder. Una frase anónima dice “Cada pueblo tiene el gobierno que merece”. Tan claro como el agua.