miércoles, 25 de mayo de 2011

CITAS CITABLES


Durante tres años tuve a mi cargo un espacio de arte que se llamaba Colloquia. Aquella experiencia fue la mayor escuela de formación organizativa-artística que he tenido en mi vida. Montar exposiciones, presentar libros y planear intervenciones de danza o de música, eran parte de una agenda cultural extenuante, aunque -claro-, muy satisfactoria para quienes trabajábamos allí dentro. Por esos años las muestras de arte en Colloquia, se transformaron en diálogos y discusiones muy entretenidas a las que titulamos “Citas Citables” (sí, como la sección de “pensamientos” de la revista Selecciones), y que lejos de ser tediosas conferencias esnob acerca de arte contemporáneo, buscaban abrir debates espontáneos entre el público habitual de la galería y los intelectuales, académicos o artistas invitados.
En las primeras Citas Citables nos encontramos con pacientes, tímidos y cautos oyentes, que parecían asustados ante las opiniones de los “expertos” que iniciaban cada charla; fue por eso que nos decidimos a poner en práctica un método bastante radical: antes de cada actividad llenábamos un tambo de agua con una rara mezcla de vino de caja, ron y rosa de jamaica, dando como resultado un trago fuerte, pero de sabor dulzón, al que llamábamos “sangría”. El cóctel previo a cada diálogo, incitaba a que todo el mundo participara de la conversación, dando sus puntos de vista sin cortapisas, complejos o restricciones de ningún tipo. Así fue como llegamos a cifras record de audiencia, tomando en cuenta que se trataba tan sólo de pláticas acerca de política, arte y filosofía.
Los guatemaltecos no tenemos foros y nuestro silencio parece ubicarnos siempre del otro lado del púlpito. Esa negación chapina a la discusión y a la propuesta. Ese hermetismo respecto a nuestras propias ideas, a nuestras propias reflexiones, es el origen de muchos de nuestros peores males. Algún medio tiene que existir que nos desinhiba, en alguna parte tiene que estar la llave que libera nuestro caudal de palabras.

miércoles, 18 de mayo de 2011

GUATEMALAN PSYCHO

Mientras cenamos, una guapa presentadora de televisión -con el cabello correctamente planchado y teñido- nos informa acerca de un nuevo cadáver que fue hallado en distintos puntos de la ciudad capital. Usa la palabra “descuartizado”, usa el consabido “ajuste de cuentas entre pandilleros” y usa la muletilla de “otro hecho de sangre...”. Nos quedamos en silencio viendo las porciones de imágenes que dan testimonio de la noticia: un bombero levantando los restos, unos niños saludando a la cámara y dos personas del Ministerio Público recogiendo la posible evidencia. Tanto espanto dura sólo tres minutos y antecede a una larga fila de sucesos similares.

¿Inseguridad? Pues sí, ¿pero acaso esto es nuevo? Si algo ha frutecido en Guatemala desde los dorados tiempos de Jorge Ubico ha sido eso: la violencia, la impunidad y la tortura. Seguramente un grupo de abuelitos quisquillosos renegarán de lo que acabo de decir, claro, siempre hablan bien de los dictadores aquellos que los sobreviven, aquellos que no sufrieron lo que otros -tal vez inocentes, tal vez no- atravesaron simplemente por tener la apariencia de pobres y, por tanto, de criminales. Somos una sociedad con un generalizado Síndrome de Estocolmo, donde a cualquier beato pistolero le entregamos toda nuestra devoción por que de verdad tiene“huevos” para gobernar. La imagen del Capo-Padrino es muy común por eso, ejemplifica al protector de la comunidad, le perdonamos sus acciones ilícitas, pero nos mantiene limpio de ladrones y delincuentes el pueblo. Esta es la gran lógica guatemalense: contener el delito común, para favorecer a los grandes criminales.

Frente a los indescriptibles sucesos de los días recientes, ¿qué puedo añadir?, comparado con las primeras planas de los diarios guatemaltecos de este mes de mayo, la leyenda de José Miculax Bux queda relegada a la biografía de un enanito de Blanca Nieves. Una masacre que nos remite de inmediato a los escenarios de carnicería que dejó la Guerra Fría en nuestro país. Sería ingenuo creer que se trata sólo de acciones de narcos contra narcos, todo parece indicar que otra guerra está a la vuelta de la esquina, una guerra “nueva”, pero muy bien alimentada por los viejos métodos patronales de negociar y de someter.


miércoles, 11 de mayo de 2011

CORAZONES FUERTES

Madre soltera con un hijo y con una sobrina. Tiene la enorme responsabilidad de cuidar de la niña, porque su hermana, que también era madre soltera, murió de cáncer y se la dejó encargada.

Una vida complicada en una situación difícil. Los mil cuatrocientos quetzales que gana no le alcanzan para llegar a fin de mes. Trabaja como encargada de limpieza en un edificio de la Zona 10, pero ella vive en Mixco. Siempre toma el bus a las siete de la mañana -aunque debería tomarlo a las seis-, porque tiene que dejar a los niños en una guardería. Se levanta a las cuatro de la mañana, deja hecho el oficio de la casa, deja el almuerzo listo, así, al volver los niños con la vecina que le hace favor de ir a recogerlos, sólo calientan su comida.

Los días se ven iguales. La secretaria pidiéndole mandados que no le corresponde hacer; el mensajero lujurioso; la licenciada con su mal carácter de siempre; la sopa instantánea de vasito que es su almuerzo. A las dos y cuarto llama al celular de su vecina para confirmar que todo está bien por la casa, y cuando no le contestan, su angustia es demasiado grande, no puede pedir permiso, no tiene dinero para irse volada en un taxi y ver a sus niños.

Sale a las seis en punto. A veces pasa a Paiz comprando algo para la cena, mira algunos pintalabios, algún tinte para el pelo... y sólo lleva lo que tiene que llevar. Tras el vidrio de la camioneta observa las vallas iluminada. Ella ve el rostro de las mujeres que van para la presidencia o la vicepresidencia, y piensa: ¿Tendrán algo en común con mi vida? Sus pensamientos se disipan cuando tres tipos con cara de asaltantes se suben y comienzan a hablar con el chófer, le pide a Dios que no sea un asalto, que no la maten, sino ¿quién se va a hacer cargo de los niños? Afortunadamente no sucede nada. Y cuando llega a su casa se siente contenta, pero, eso sí, muy, pero muy agotada.


miércoles, 4 de mayo de 2011

LA MALDITA PRIMAVERA

En la foto aparece Dionisia junto a una enorme máquina para lavar ropa. El armatoste plateado reluce junto a la sonrisa de esta mujer q'anjob'al que salió de un municipio de Huehuetenango, en brazos de su tía, durante el muy duro año 82, y que luego de pasar catorce años de penurias como refugiada guatemalteca en México, decidió irse a probar suerte a los Estados Unidos.

Dionisia llegó a Los Angeles el mismo día que en Guatemala se firmaban los Acuerdos de Paz. Sus problemas no fueron menores, pasó hambre y durmió a la intemperie durante mucho tiempo. No hablaba bien español, lo que le complicó muchísimo el conseguir un empleo entre los inmigrantes hispanos. Una soledad enorme en una ciudad enorme. Atravesó toda suerte de labores domésticas; su inteligencia y curiosidad naturales le hicieron aprender inglés rápidamente y mejorar su situación. Quince años después podemos encontrarla trabajando como jefa de lavandería de una importante cadena hotelera.

Dionisia no recuerda Guatemala. Sabe que su madre tuvo que huir por la violencia desatada contra la población indígena. Volver a su país de origen es algo que no está en sus planes, porque su vida nunca estuvo allí. Sus dos hijas son estadounidenses y su esposo es haitiano. Se siente ajena al resto de guatemaltecos que hablan del “País de la Eterna Primavera”, tienen fotos y llaman a sus familiares. Ella no tiene nada de eso, nunca tuvo una partida de nacimiento y su familia completa fue asesinada brutalmente. En lugar de fotografías guarda el güipil de su tía que murió en México poco antes de emprender su viaje hacia el Norte. Guatemala es un enorme silencio, un lago vacío en su vida. La eterna primavera para ella no significa más que una fila de fantasmas, recipientes de un dolor agudo que nunca termina de comprender.

Durante un tiempo escuchamos hablar de los retornados, pero nadie dice nada de aquellos que no retornaron, los que se quedaron en el aire, sin suelo, sin un sólo papel que les diera un nombre. Por eso decidí escribir sobre Dionisia y su batalla.