miércoles, 30 de marzo de 2011

SÍNDROME DEL POLOCHIC

La experiencia de vivir en Guatemala y coincidir con su etapa “democrática” me deja con un glosario de palabras vacías exprimidas hasta la saciedad por los últimos siete gobiernos: inclusión, tolerancia, solidaridad, pertenencia, inter-culturalidad, desarrollo... Todas acompañadas de apretones de manos y onerosas consultorías alrededor de ellas. Siempre el tema justo para la foto del retrato, el fólder impreso y el papel membretado. Siempre las buenas intenciones de cooperación y transformación que pasan a convertirse en muy poco tiempo en una burocracia civil que vigila a la burocracia gubernamental.

Una de las palabras más vacías de significado es “democracia”. Los guatemaltecos sabemos muy bien que el abuso de este término es adictivo para la vieja demagogia partidista que trata de encubrir sus muy mediocres propuestas, sus insostenibles proyectos de transformación y su casi nula empatía para con sus gobernados, con solo nombrarla. Tal pareciera que engrosando el discurso “democrático” planteado desde la derecha moderada (como si es que tal cosa existiera) que firmó los Acuerdos de Paz, hasta la social democracia conservadora (¡!) que propone el gobierno actual, se pudieran atravesar las garitas que nos separan de los bien portados países en vías de desarrollo.

Otra ejemplo de palabra vacía es “Gobierno”. En Guatemala el gobierno no es más que un grupo en rotación, una visión limitada a los cuatro años que dura su turno, una línea de discurso que nunca coincide con acciones concretas. El gobierno puede desplazarse de lo meramente popular a lo más reaccionario sin salirse demasiado de su lógica de mantener o conseguir privilegios a cualquier precio.

Mi última palabra vacua es “Estado”. El “Estado” (este sí con mayúscula) es lo que surge de inmediato cuando el “gobierno” se pasa de la raya. Son las viejas costumbres que supervisan que la demagogia habitual no se transforme en acciones de justicia. De eso resulta que si un movimiento de campesinos trata de defenderse de los abusos que el gran capital acomete contra ellos y contra nosotros, el “Estado” tiene que ordenar al “gobierno” que actúe contra ellos mediante la vieja y conocida técnica del desalojo a punta de pistola.

jueves, 24 de marzo de 2011

GODZILLA

Existe algo en las grandes tragedias que se mantiene el resto de nuestras vidas. Mi madre aún recuerda el espantoso amanecer del 4 de febrero de 1976, cuando un terremoto sacudió el suelo de un país atrapado en una carnicera represión política, reduciéndolo a una montaña de cadáveres y polvo. Quienes lo sobrevivieron todavía contienen el espanto por esa experiencia.
La inmediatez que trajo consigo la televisión nos permitió ser testigos cuasi-presenciales de otros cataclismos similares: el terremoto de México y El Salvador, el desastre de Chernobyl, las tormentas tropicales en Centro América, decenas de huracanes en el Caribe, los tsunamis en el Océano Pacífico y los devastadores terremotos de Haití, Chile y Japón.
Con el auge que el Internet cobró en la década pasada, la mayoría de estas colosales tragedias se transformaron en imágenes conmovedoras de sociedades desmoronadas por lo imprevisto. Centenares de páginas electrónicas congelaron esos rostros y esos paisajes de destrucción en las pantallas del mundo. Para muchos espectadores distantes, tales desgracias semejan lejanos relatos de ciencia ficción. Tanto ha sido el bombardeo de Hollywood y su apocalíptica obsesión con el fin del mundo, que tales testimonios se ven más asediados por al morbo de tantos millones de espectadores ávidos por los efectos especiales del desastre, que por la empatía con los seres humanos que atraviesan por tan desafortunadas circunstancias. Algo que demuestra que ni los más lamentables acontecimientos están exentos del espectáculo hedonista y del lucro de las grandes corporaciones mediáticas.
Ahora le tocó a uno de las culturas más evolucionadas del planeta sufrir en carne propia todo esto. Una potencia económica como Japón –país por demás generoso con Guatemala- atraviesa por el nudo de sus propias contradicciones: ¿acaso puede obviarse la responsabilidad ambiental con tal de mantener un hiper-desarrollo industrial? El cambio climático es la factura que viene adosada a la cultura de consumo y al capitalismo en su parte más irresponsable. Resulta increíble que esa compulsión tecnológica vendida como “nuestro futuro” sea lo que precisamente esté acabando con la esperanza de mantener rastros dignos de humanidad sobre este planeta. Este planeta Tierra que, por el momento y dejando nuestras fantasías bien guardadas en el cine, es el único que tenemos.

jueves, 17 de marzo de 2011

DETRÁS DE LOS CRISTALES

Una muchacha viste un maniquí detrás de los cristales de la vitrina. Quita la ropa que pasó de temporada y cuidadosamente coloca las nuevas prendas que trae colgando de cerchas en su brazo derecho.

Por los pasillos van y vienen los carnívoros visitantes del centro comercial. Un enorme mega mall guatemalteco en domingo. Chicos emo platicando en las esquinas de un kiosco donde venden camisetas y botones pin up. Por otro lado una señora joven regaña a una niña que llora y trata de sostener un cono de helado. Padres de familia, con camisolas de fútbol del Barcelona F.C. que forran sus pronunciadas barrigas, hablan a gritos por sus teléfonos celulares. Adolescentes que se jalonean unas a otras tratando de tomarse una fotografía. Otro muchacho de la misma edad, delgado y con el rostro lleno de espinillas, pasa lentamente la pulidora de pisos al lado de una cola de personas que esperan validar su ticket de parqueo y poder salir. Muchos ancianos adormecidos sentados en las bancas cuidando los paquetes con las compras de toda la familia.

Y detrás de los cristales todo ese ruido. Nadie lo sabe, pero es aburrido. Ir y venir y volver y largarse. Una alegría fríamente planificada. Un centro comercial es una cámara de gas que esparce un deseo permanente. Algo que está en todas partes: acumular distracciones, objetos, imágenes, sabores, sonidos, experiencias sintéticas que nos eviten el tedio.

Curiosamente yo disfruto los centros comerciales con mi familia, aunque no entiendo muy bien por qué. Seguramente estoy igualmente contagiado de esa fiebre consumista y patética que embarga a la clase media. Adentrarme en esa burbuja donde sé que veré películas peor que malas, comeré hamburguesas sintéticas y codiciaré cosas sobre valoradas que no necesito. Resulta muy divertido dejar de pensar.

miércoles, 9 de marzo de 2011

LA NACIÓN PEQUEÑA

La nación más pequeña: la de los sueños pequeños y destinos pequeños (Mario Monteforte dixit).

La pequeña nación con límites vigilados y horizontes lejanos.

La nacioncita de banderas plásticas y delantales rotos, que se asfixia en los estadios y se derrama de los buses por la mañana.

La micro-nación con un tiempo de comida.

La mini-nación aglomerada en los camiones para protestar y para reprimir.

La que llora de emoción por sus cantantes de Latin American Idol.

La que se mantiene oculta en cementerios clandestinos.

La que se aplasta con una miga, con una lluvia torrencial o con el fuerte soplo del viento.

La micronación de caminos ocultos en la neblina. Donde el pasado es algo trágico, el presente es caótico y el futuro es una trampa. Donde la gente suspira por las procesiones y los dictadores. Donde los deseos son pequeños almanaques agujereados en las paredes de las abarroterías.

Esta nación invisible que pierde cada cuatro años sus esperanzas de ir a un Mundial de Fútbol o de tener un gobierno medianamente honesto. Que nunca se encuentra en ningún espejo o que se reinventa una y otra vez con tal de no ser original. Esta breve nación intolerante a fuerza de perderlo todo, ganarlo todo y volverlo a perder. A fuerza de retozar por el sótano más oscuro de la violencia y convencerse que la violencia la devuelve a la historia de sus errores una y otra vez.

Esta nación-grieta que deja ir a sus mejores personas y con ellos a sus mejores promesas. Aquí donde todo está congelado, pero el cielo es magnífico.

Este país pequeño, tan pequeño que cabe en la mira de un fusil (Luis Alfredo Arango dixit).