miércoles, 2 de noviembre de 2011

TÚMULOS

Una maldición eterna profirió mi amigo luego de romper el eje delantero de su carro en un túmulo. Allí nos quedamos tirados, sin poder avanzar, en medio de un caluroso pueblo de la costa. No hay nada más abominable que caminar dos kilómetros bajo el sol en busca de algún mecánico chapucero. Encontramos un pinchazo y a un hombre con una barriga enorme que nos mandó con un patojo de regreso en su pickup.

Orillados bajo un escuálido arbolito, esperamos a que el chico terminara de subir el carro con un tricket. Nosotros -como unos verdaderos buenos para nada- nos quedamos a la espera de una buena noticia, lo que no sucedió. Durante un par de horas el proto-mecánico estuvo moviendo fierros debajo del vehículo, hasta que salió con una sonrisa y nos dijo que el tren delantero del carro “se chingó” , y que no teníamos de otra que llamar a una grúa. Bueno, ¿qué se le iba a hacer?, mi amigo no estaba al día con el seguro, así tuvimos que aceptar el servicio que daba el dueño del taller.

Allí vamos, en el asiento delantero de un camión destartalado convertido en grúa, el mecánico panzón, el muchacho chispudo, mi amigo y yo, apachurrados hasta llegar a la capital, escuchando los coros evangélicos que sonaban desde el radio. Yendo de vuelta con nuestro viaje frustrado a la playa. En el camino las vallas redundantes de los dos candidatos a la presidencia, las piedras pintadas a la orilla de la carretera, los baches innombrables en el asfalto, los pueblos llenos de casas hechas de lámina y los miles de túmulos que hay en cada poblado próximo. Bromeo diciendo que “El túmulo es la prueba concreta de la existencia del hombre” parodiando el aforismo de Luis Cardoza y Aragón que refiere a la poesía. Nos reímos amargamente. Todos los alcaldes ponen túmulos y se huevean un montón de pisto, eso es lo que hacen los políticos chapines, ponernos túmulos por todos lados- nos dice el mecánico mientras ve hacia adelante. Sus palabras me dejan pensando un momento, sigo observando los camiones cañeros que, cuasi-vencidos por el peso, pasan al lado nuestro.

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