viernes, 28 de octubre de 2011

COLOSAL SOLEDAD DEL TIRANO

No veo al tirano, no reconozco a esa figura de los monumentos, no veo al mismo hombre fuerte con mirada de hierro, no veo al que impone su ley, tampoco al multimillonario cliente de voluntades ajenas. Veo tan sólo un cuerpo roto, empapado en sangre, con los brazos tendidos a los pies de sus enemigos. Veo un cadáver en medio de una sucia habitación, cubierto con harapos, desprovisto de palacios, de muebles ostentosos y de cepillos con mango de oro. Sin mozos a quien culpar de sus errores ni masas fanáticas que aplaudan sus discursos. Sin un arma que le otorgue una voz en el mundo.

¿Adónde se fueron las amantes, los cómplices y los poderosos socios de este hombre muerto? Queda sólo su cuerpo viejo, tendido en el suelo empolvado de una ruina, unos restos que son el trofeo de sus verdugos y el símbolo de un tiempo que se pudre.

La colosal soledad de un tirano que al caer levanta todo el lodo. Que al caer hace el mismo ruido de cualquier otro cuerpo. Que cae y cae y cae al fondo del pozo inmenso de la memoria futura, llevándose consigo aquel inútil amuleto del poder.

Un pueblo deja libre a quien le permite ser libre. El abuso nunca permanece en silencio. Siempre sobreviven las víctimas del poder, son quienes vuelven al camino de la historia para cobrar esa deuda con su verdad. Eso queda de Muamar el Gaddafi baleado y golpeado por los mismos rebeldes que redujo a “jóvenes drogadictos”. Esas tres enormes lecciones que nos deja esta Primavera Árabe: 1. Los cambios nunca se interrumpen aunque parezcan detenidos por el miedo; 2. La indignación es una gota persistente que termina inundando el vacío que deja la injusticia y 3. El poder absoluto no otorga el privilegio de gobernar a un pueblo absolutamente.

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