Daniel estrenó un par de tenis Nike y un Atari durante la navidad del 85. Ese fue el regalo que le enviaron su madre y su hermana desde Los Ángeles. Fue el niño más dichoso de nuestra cuadra. Por casi un mes no salimos de su casa tratando de calcarle un muy alto record a su juego de Galaxy. Era un chico generoso y nos permitía estar en su casa hasta tarde, total, su familia consistía únicamente en su abuela, una anciana bravucona que veía telenovelas con la olla de presión encendida mientras nosotros jugábamos.
En la casa de Daniel había fotografías como adornos. Dos mujeres sonrientes y obesas que posaban junto al puente de un Freeway. Él siempre especulaba que no iba a pasar mucho tiempo sin ir a reunirse con ellas. Su madre lo dejó cuando tenía seis años, la siguió su hermana mayor dos años después. Aquella casa estaba muy bien equipada con una televisión enorme y un microondas (que para entonces era una exhuberancia), entre otras comodidades. Tenía tantas cosas y no había quien lo regañara por pasarse todo el tiempo jugando y sacando malas notas.
Con Daniel tuve el primer contacto con la palabra migrante. Su familia no tardó en mandarlo a traer. Se fue como ilegal para Estados Unidos en el año 87. Para entonces los hijos de los migrantes de los barrios eran lo más parecidos a los hijos de los súper héroes. Ellos tenían los aparatos sofisticados y los dólares y la ropa de marca y los codiciados juguetes que nadie tenía. Ellos recibían desde ese más allá, desde esas ciudades civilizadas, aquellas postales semejantes a las fotografías en los almanaques: ellos eran los hijos de los triunfadores.
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