miércoles, 31 de agosto de 2011

SENTADITOS Y CALLADITOS

De no ser porque mi esposa fue a renovar su licencia a Maycom de la Zona 9, donde los guaruras son agrios y descorteses... no escribiría esta columna. Miren nada más cómo son las reglas. Argumentando que “nadie más que los interesados pueden entrar al sagrado recinto de la agencia” el policía privado de esta empresa (beneficiada con nuestros impuestos) empujó a mi hijo de doce años y discutió estúpidamente con mi mujer. La idea no era sacar una licencia clase A para el niño ni venderle la cola a ningún fulano. Ellos iban solos y el chico no podía quedarse en la calle, mucho menos en un espacio que ha sido blanco de atentados armados. Bueno. El asunto es que el wachimán simplemente obedecía órdenes. El encargado de agencia -que también obedecía órdenes- no pudo discutirle al poli. Nada raro, porque en Guatemala los tipos armados son quienes tienen la última palabra y te plomean si les llevás la contraria; las empresas de seguridad (que poseen toda la santa inmunidad del universo) nunca van a responder por el empleado que peló cables y asesinó a un joven deportista en una gasolinera de la Calzada Roosevelt; tampoco por la bala perdida que le dio en la cabeza a un estudiante ni por las bandas de secuestradores y extorsionistas que “inexplicablemente” cuidaban la puerta de un condominio y tenían información privilegiada gracias a los guardias. No. Las empresas privadas de seguridad no dan explicaciones, como tampoco las dan las empresas que poseen contratos millonarios con el Estado y como tampoco las dan los partidos políticos financiados por esas empresas dedicadas al lavado (no precisamente de cortinas). Aquí nadie da explicaciones y nadie debe pedirlas.

Sentaditos y calladitos nos vemos más bonitos, esta es la autentica leyenda que está escrita en el pergamino del escudo nacional; justo debajo del manso quetzalito y en medio de las ramas de café, las bayonetas,las espadas y los demás símbolos enjundiosos. Pienso que existe una obediencia que se transforma en respeto y otra obediencia que tuerce la postura. La primera forma ciudadanos tolerantes y críticos; la segunda es como una anteojera que sirve para confundir el suelo con nuestro trayecto y nuestro final con nuestro destino.

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