jueves, 24 de marzo de 2011

GODZILLA

Existe algo en las grandes tragedias que se mantiene el resto de nuestras vidas. Mi madre aún recuerda el espantoso amanecer del 4 de febrero de 1976, cuando un terremoto sacudió el suelo de un país atrapado en una carnicera represión política, reduciéndolo a una montaña de cadáveres y polvo. Quienes lo sobrevivieron todavía contienen el espanto por esa experiencia.
La inmediatez que trajo consigo la televisión nos permitió ser testigos cuasi-presenciales de otros cataclismos similares: el terremoto de México y El Salvador, el desastre de Chernobyl, las tormentas tropicales en Centro América, decenas de huracanes en el Caribe, los tsunamis en el Océano Pacífico y los devastadores terremotos de Haití, Chile y Japón.
Con el auge que el Internet cobró en la década pasada, la mayoría de estas colosales tragedias se transformaron en imágenes conmovedoras de sociedades desmoronadas por lo imprevisto. Centenares de páginas electrónicas congelaron esos rostros y esos paisajes de destrucción en las pantallas del mundo. Para muchos espectadores distantes, tales desgracias semejan lejanos relatos de ciencia ficción. Tanto ha sido el bombardeo de Hollywood y su apocalíptica obsesión con el fin del mundo, que tales testimonios se ven más asediados por al morbo de tantos millones de espectadores ávidos por los efectos especiales del desastre, que por la empatía con los seres humanos que atraviesan por tan desafortunadas circunstancias. Algo que demuestra que ni los más lamentables acontecimientos están exentos del espectáculo hedonista y del lucro de las grandes corporaciones mediáticas.
Ahora le tocó a uno de las culturas más evolucionadas del planeta sufrir en carne propia todo esto. Una potencia económica como Japón –país por demás generoso con Guatemala- atraviesa por el nudo de sus propias contradicciones: ¿acaso puede obviarse la responsabilidad ambiental con tal de mantener un hiper-desarrollo industrial? El cambio climático es la factura que viene adosada a la cultura de consumo y al capitalismo en su parte más irresponsable. Resulta increíble que esa compulsión tecnológica vendida como “nuestro futuro” sea lo que precisamente esté acabando con la esperanza de mantener rastros dignos de humanidad sobre este planeta. Este planeta Tierra que, por el momento y dejando nuestras fantasías bien guardadas en el cine, es el único que tenemos.

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