jueves, 17 de marzo de 2011

DETRÁS DE LOS CRISTALES

Una muchacha viste un maniquí detrás de los cristales de la vitrina. Quita la ropa que pasó de temporada y cuidadosamente coloca las nuevas prendas que trae colgando de cerchas en su brazo derecho.

Por los pasillos van y vienen los carnívoros visitantes del centro comercial. Un enorme mega mall guatemalteco en domingo. Chicos emo platicando en las esquinas de un kiosco donde venden camisetas y botones pin up. Por otro lado una señora joven regaña a una niña que llora y trata de sostener un cono de helado. Padres de familia, con camisolas de fútbol del Barcelona F.C. que forran sus pronunciadas barrigas, hablan a gritos por sus teléfonos celulares. Adolescentes que se jalonean unas a otras tratando de tomarse una fotografía. Otro muchacho de la misma edad, delgado y con el rostro lleno de espinillas, pasa lentamente la pulidora de pisos al lado de una cola de personas que esperan validar su ticket de parqueo y poder salir. Muchos ancianos adormecidos sentados en las bancas cuidando los paquetes con las compras de toda la familia.

Y detrás de los cristales todo ese ruido. Nadie lo sabe, pero es aburrido. Ir y venir y volver y largarse. Una alegría fríamente planificada. Un centro comercial es una cámara de gas que esparce un deseo permanente. Algo que está en todas partes: acumular distracciones, objetos, imágenes, sabores, sonidos, experiencias sintéticas que nos eviten el tedio.

Curiosamente yo disfruto los centros comerciales con mi familia, aunque no entiendo muy bien por qué. Seguramente estoy igualmente contagiado de esa fiebre consumista y patética que embarga a la clase media. Adentrarme en esa burbuja donde sé que veré películas peor que malas, comeré hamburguesas sintéticas y codiciaré cosas sobre valoradas que no necesito. Resulta muy divertido dejar de pensar.

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