miércoles, 26 de enero de 2011

EL ETERNO GOLPE


Una imagen de mi infancia: la pantalla del televisor de mi casa mostrando una fotografía postalera del Palacio Nacional y una pieza musical de marimba. La voz grave del locutor de TGW informaba, lacónicamente y con voz de ultratumba, que había ocurrido un golpe de estado y que la cúpula de gobierno se había cedido por la fuerza al Ejercito. Para mí aquello únicamente significaba varios días sin ir a clases, lo que no tenía nada de trágico. El caos ha sido lo único verdaderamente estable en Guatemala, así que un abrupto cambio de autoridades no significaba nada para un niño de clase media citadina.

Tuvieron que transcurrir diez años para que, a través de libros y cursos en la universidad, me enterara de lo que sucedía tras de esas “interrupciones” a la cotidianidad que se daban con cada golpe de estado: genocidios, torturas, desapariciones forzadas, desfalcos y traiciones entre los grupos ideológicos que tenían el poder absoluto por aquel entonces. Romper con un régimen a través de la violencia era el cúlmen de lo que comenzaba con el fraude electoral, algo tan guatemalteco como los tamales de los sábados.

Revisando un estudio acerca de la participación democrática durante el 2010, encuentro un dato terrible, una encuesta revela que las mayoría de jóvenes guatemaltecos entre 18 y 25 años están más dispuestos para apoyar un golpe de estado. ¿Acaso la cultura democrática ha fracasado tan rotundamente en nuestro país? Pareciera como si el oscurantismo de la Guerra Fría nos hubiese traspasado hasta el presente y que la mala educación para escoger líderes y la mala educación para cambiarlos, fuera nuestro patético destino, nuestro continuo retorno.




miércoles, 19 de enero de 2011

AUNQUE NO LE GUSTE A NADIE

Guatemala tiene una docena de partidos políticos, pero una pésima opinión de la democracia. Un país difícil de gobernar, con un presupuesto estatal desfinanciado, asediado por el narcotráfico, con un atraso educativo de siglos y una deslucida imagen de sus instituciones ante la población en general. Una población que se ha vuelto completamente apática a la participación política, tan sumergida en el miedo como en el egoísmo, somos una masa que pide líderes para que resuelvan nuestros problemas y tomen nuestras decisiones, para que se apropien de lo que es nuestro y mantengan al mando a los viejos ( o a los nuevos) monopolios, señores del cielo y de la tierra.

¿Cómo un país con una gobernabilidad tan cuesta arriba tiene tantos candidatos a la Presidencia? No se necesita mucha suspicacia para pensar que lo único que interesa a nuestras “opciones políticas” no es más que ese bisne llamado Estado Guatemalteco. Es notorio luego de escuchar los enunciados propuestos en sus discursos. Elusivos y simplistas: cubrir las necesidades de la población más necesitada, garantizar mano dura contra la delincuencia (no contra la impunidad) y enderezar la tributación sin perseguir a los evasores ni imponer nuevos impuestos ¿?

La verdad es que no existe un sólo candidato que inspire un verdadero liderazgo. Tanto sus discursos como su propuesta no pasa de ser un ejercicio de marketing basado en las estadísticas acerca de las necesidades más urgentes que aquejan a los votantes, a la gente hay que decirle lo que quiere oir. Este es acaso el peor de todos los males de nuestro sistema político, desvanecerse tras la imagen de ese caudillo salvador lleno de respuestas fáciles para problemas complejos. Un verdadero líder no endulza oídos, un verdadero líder es quien dice la verdad, aunque ésta no le guste a nadie.

miércoles, 5 de enero de 2011

NUNCA HE ESTADO EN UNA GUERRA

Nunca he estado en una guerra. No sé lo que es el ataque ni la defensa. No sé nada acerca de matar ni de ver morir. No entiendo las jerarquías de la disciplina militar, tampoco lo que es recibir órdenes para ejecutar familias enteras sin cuestionarme nada. No sé lo que es tener que tomar las armas para cuidar la soberanía de nada. Nunca he disparado un arma, nunca he desfilado con un uniforme verde olivo. Nunca me he involucrado en una lucha, no sé nada de enfrentamientos ideológicos que duran décadas y terminan con cientos de miles de personas muertas. No tengo cicatrices ni mutilaciones ni remordimientos. Nunca estuve acorralado por mi condición económica ni étnica, nunca estuve en la situación desesperada de sumarme a una lucha para sobrevivir. No sé lo que es el dolor de ver a mis parientes morir en manos de soldados que crecieron conmigo en la infancia. No sé como se secuestra y se asesina con tal de financiar una revolución. No puedo imaginarme quemando una aldea junto a sus ancianos y sus niños con tal de proteger la propiedad privada. No sé lo que es fusilar a una persona por el simple hecho de que representa una ideología contraria a la mía. Nunca he tenido que dejar mi hogar para sobrevivir en otro país, saliendo sin nada más que lo que llevo puesto. No sé lo que es vivir en una silla de ruedas como veterano de guerra. No sé lo que se siente ser un ex guerrillero sin empleo que observa como sus ideales son transformados en demagogia partidista.
Nunca he estado en una guerra. No sé nada del dolor. No sé nada de este país.