miércoles, 24 de noviembre de 2010

ANTI-BREAKS

Fue a finales de la década del ochenta cuando conocí a los anti-breaks. Yo estudiaba en uno de esos colegios donde admiten a los repitentes y a los inadaptados de otras instituciones educativas. Allí estudiábamos alumnos de clase media, junto a otros adolescentes problemáticos que, luego de un largo peregrinaje por todo tipo de colegios de prestigio, habían caído al sótano de la educación guatemalteca. Se trataba de sitios donde no existían prohibiciones. Adentro de sus instalaciones (que eran pésimas) circulaba todo tipo de pornografía, armas y drogas. Varios de mis compañeros eran aficionados a buscar pleitos y a salir a balear señales de tránsito durante las capiusas mañaneras.

Un día un compañero llegó a contarme que unos chicos de 4to bachillerato habían secuestrado a alguien y que, luego de golpearlo entre cinco, lo habían lanzado al fondo de un barranco. Ellos eran los anti-breaks, un grupo de chicos de clase media que se dedicaban a “cazar” mareros a la puerta de los institutos públicos. Y ¿quiénes eran los mareros? Pues lógicamente los chicos que no se vestían a la moda, que tenían aspecto de trabajadores o indígenas y que se educaban en escuelas públicas. Mis compañeritos -varios de ellos están muertos, presos o son cristianos convertidos- estaban contaminados de un virus muy común en Guatemala: el resentimiento de clase. Resentimiento que no se da únicamente de pobres hacia ricos, también de forma inversa. Me imagino que muchos de los patojos de entonces hoy en día conforman grupos de limpieza social, son ex-directores de la Policía Nacional o miembros de redes de sicarios. Si usted quiere enterarse más de esto, lea mi novela “Ruido de Fondo”, en ella encontrará más detalles.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

EMPEZANDO POR EL FINAL

Resolver el grave problema que representa el Sistema Penitenciario de Guatemala es, por lo visto, la última en las preferencias de los gobernantes de turno. A nadie le interesan las cárceles, porque nadie quiere tratar con la esencia de los peores males de nuestra sociedad.

Cuando se piensa en las personas que están cumpliendo una condena, de inmediato brota en nosotros un desprecio tan grande, que es muy difícil contenerlo. Nuestro sentimiento de impotencia se va convirtiendo en odio. Quisiéramos torturar, castrar, linchar y borrar a esos seres miserables que viven al amparo de la impunidad guatemalteca. De eso que lo mínimo a esperar es que luego de una buena golpeada y violada, el preso pueda arrepentirse -un poquito- de lo que hizo en contra de esta sacro-santa sociedad.

Y luego de que administraciones de presidios intentaran una y otra vez hacer una limpia en las cárceles del país, ¿qué ha sucedido? Nada. El poder del crimen organizado sigue reafirmándose desde adentro. Es en esos sitios donde los extorsionistas, los sicarios, los secuestradores, los líderes de clicas y los narcotraficantes han construido una fortaleza.

Por la desesperación y el miedo en el que estamos sumidos, hablar de mejoras dentro del S.P. es un asunto de lo más impopular, sin embargo se hace necesario que entendamos que la violencia y la muerte no han resuelto nada en nuestro país. Un preso sin trabajo. Un preso sin estudio. Un preso abusado sexualmente. Un preso extorsionado. Un preso torturado. Un preso que al cumplir su condena no puede incorporarse de nuevo a la sociedad, es el mayor peligro que existe. La normalidad del crimen dentro de las cárceles está rebalsándose. La politiquería ha impedido que este asunto se resuelva de una manera clara y racional, esto significa: darle oportunidades de re-inserción a las personas privadas de libertad. Desgraciadamente la demagogia se inclina por la venganza y no por la justicia. Por el final comienza la violencia.

lunes, 8 de noviembre de 2010

PESIMISMO Y OPTIMISMO


Cultivemos el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad”. La cita es de Antonio Gramsci y me la envía por correo electrónico un escritor amigo. La releo y de pronto encuentro un punto claro: nuestros intentos por darle algo a Guatemala fallan, precisamente, porque invertimos el orden de esta premisa. Creemos que a través de publicitar un optimismo superficial y panfletario vamos a cambiar la dirección de nuestra situación actual. Hablamos bien de nosotros, pero actuamos de forma cobarde y mediocre. Queremos ser optimistas y conformistas al mismo tiempo. Queremos cuestionar al poder, pero no ejercerlo ni transformarlo.

Ocultar con mojigatería los terribles problemas que atravesamos, es lo que nos mantiene de forma permanente en esa larga fila que es el subdesarrollo. Si decimos que el problema del país es la miseria que sobreviven millones de guatemaltecos, nos llaman pesimistas. Si decimos que le hace falta una transformación profunda al esquema económico que arrastramos desde la época colonial, nos ponen el marbete de socialistas o de resentidos de clase. Pareciera que amar nuestro país significara hacer de lado la injusticia y la corrupción que lo encierra, para celebrarnos en la lógica del paisaje o revestirnos con los logros de algunos guatemaltecos que triunfaron en el extranjero. Y tuvieron que hacerlo afuera, porque aquí adentro sólo pudimos regatear su talento.

Antonio Gramsci, el genio revolucionario más grande que he leído (muy poco conocido por los liberales jóvenes, desgraciadamente), señala que es necesaria la acción crítica para llegar a un cambio. Es absurdo tomar por el mismo camino y querer llegar a otro sitio. Es necesaria la claridad de quienes responden con acciones y no con meras opiniones sensibleras.