miércoles, 26 de mayo de 2010

CONGO

La plumilla retiraba las gotas sobre el windshield y Manolo seguía haciendo su recuento de nuestros amigos de infancia y de lo que fue de ellos. En ese momento sentí que ese pasado estaba en otro sitio, en un lugar congelado y remoto de mi vida. Con Manolo compartimos una adolescencia disconforme, llena de excesos, chabacanerías y desintereses comunes en un barrio que ahora está plagado de sicarios, robacarros y narcotraficantes. Él optó por casarse y tener hijos con una muchacha de la colonia y sigue viviendo en la misma casa de entonces; pone un disco de Soda Stereo y me pregunta si todavía me gusta ese grupo. Los años ochenta pasan velozmente por la avenida mientras la lluvia arrecia. Toda la mara o está muerta o está en el Norte o está presa o se volvió evangélica -acota de manera tajante. Se acumulan en mi mente una serie de imágenes presentes: la señora de la tienda que me vendía el pan, mi primera novia, el muchacho gordo y solitario que se apostaba en una esquina a escuchar la radio por las noches. Ahora ese lugar ya no existe. Toda esa gente dejó sus casas al comenzar el granizo. La pólvora acabó con la vida de personas muy queridas, vecinos que se atravesaron en el camino de los extorsionistas, sicarios y narcotráficantes que tomaron nuestras esquinas. Es la soledad vos, me dice sin soltar la vista del camino, nuestros viejos nos dejaron solos, se fueron a trabajar a los Estados y nosotros aprendimos de las malas juntas: dejamos de estudiar y agarramos vicios. Queríamos las chivas de la mara con plata, pero no trabajar por ellas. Eso nos llevó por el mal camino.

Me despido de Manolo y bajo de su taxi. Me invade una remota y sólida tristeza.

miércoles, 19 de mayo de 2010

A MITAD DE CAMINO

Aquí el taxista hondureño que regresaron de México y que no tuvo de otra que buscarse la vida en Guatemala; no tiene arreglados sus papeles y trabaja con una cédula falsa. Aquí la señora de León Nicaragua que hace la limpieza en un hotel de la Terminal de autobuses; gana seiscientos quetzales mensuales y trabaja de lunes a domingo. Aquí la niña salvadoreña que es mesera de un restaurante de comida china en la 17 calle de la Zona 1; vive en la casa de la dueña que la golpea y la amenaza con denunciarla a las autoridades si no es más cariñosa con los clientes. Aquí el muchacho cubano con una licenciatura en educación y que trabaja de seguridad en una barra show. Aquí los haitianos que nunca se devolvieron a Puerto Príncipe y que deambulan por las calles de Chimaltenango pidiendo dinero o comida sin que nadie les entienda una sola palabra. Aquí la gente de Asia y de África que no encuentran quien les dé un vaso con agua. Aquí los que se quedaron a mitad de camino hacia el sueño americano.
Aquí también se les golpea, aquí también se les persigue y se les explota; aquí también van a encontrar quien les levante la camisa para encontrarle tatuajes para estigmatizarlos como mareros o narcotraficantes; aquí también hay ignorantes que creen que los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo.
Entonces, ¿qué podemos decir acerca de las leyes xenófobas contra los inmigrantes guatemaltecos en Arizona?, ¿será que somos mejores que ellos sólo por ser sus víctimas?

miércoles, 12 de mayo de 2010

EL PENSATIVO

Estoy en Santo Domingo entre oleadas de espectadores que asisten a las actividades de la Feria del Libro. Editoriales transnacionales reconocidas comparten espacio junto a librerías de usado y pabellones de países invitados. Hace calor y yo trato de encontrar el Museo de Arte Moderno que está dentro del complejo donde la Secretaría de Cultura monta la feria. El cordial Embajador de Guatemala en Dominicana ya me está esperando en el salón de conferencias y me da gusto verlo. Viejos conocidos llegan a escuchar lo poco que tengo que decir.

Pienso en Guatemala, lo que me hace sentir que vivo en una caverna. Hace quince días se quemó una de las tres librerías más importantes del país, El Pensativo. Librería El Pensativo guardaba en su bodega una enorme colección de títulos esenciales. No se pudo rescatar casi nada. La noticia alternó con la sobrepoblación de muertos que cada día llenan los medios.

Desde lejos uno siente que los guatemaltecos vamos cuesta arriba con una carga muy pesada. Pero algo me reconforta, en una conferencia escucho el nombre de Carlos Mérida que es mencionado como uno de los artistas visuales más influyentes de Latinoamérica; más tarde me encuentro en el Pabellón de la República Bolivariana de Venezuela ¿? la poesía completa de Luís Cardoza y Aragón en una edición muy cuidada y de bajo costo; encuentro el rostro de Augusto Monterroso y de Miguel Ángel Asturias en todos lados y traigo conmigo uno de los ejemplares de la Antología de Poesía Contemporánea Guatemalteca recientemente publicada por Editorial Cultura. Entonces me doy cuenta que hemos sobrevivido a otros incendios, pero seguimos vivos. Sonrío.

lunes, 10 de mayo de 2010

IGNOCRACIA

El peor delito en la política es la ignorancia. Pero no me refiero a la carencia de conocimientos técnicos especializados, sino a la ignorancia absoluta sobre el país que se pretende gobernar. No conocer su historia, su arte, su literatura es tan vergonzoso como el desconocer todo lo referente a su economía, geografía y administración.

Me imagino que algunos recelarán de este argumento. Esos algunos que detentan un poder que consiguieron mediante la demagogia, y que temporalmente, en su completa y rotunda oscuridad conceptual, tienen la sartén por el mango. Aquellos que entraron gracias a la verborrea y al parasitismo más rastrero que existe dentro de los partidos políticos guatemaltecos. Luego de pagar su boleto –a falta de méritos- se suscriben a contratar decenas de asesores para que les hagan comprensible lo que les resulta ininteligible.

En El Príncipe, Maquiavelo pronostica la caída de los gobiernos y de los gobernantes que en lugar de buscar la lucidez, busquen rodearse de aduladores y de oportunistas. Porque la incompetencia se reconoce fácilmente: carece de autocrítica, se ufana de su autoridad (no de su conocimiento) y en lugar de consejeros busca conserjes.

John Stuart Mill por otro lado señala que el mayor delito que puede cometer un gobierno es no poner a los mejores dentro de su administración. Con los mejores se refiere no solamente a los más informados, sino a los más íntegros. Ni dogmáticos ni trepadores construyen un estado fuerte, es la lealtad con los gobernados y no con quienes están de turno, lo que construye justicia.