jueves, 30 de diciembre de 2010

QUÉJESE

Quéjese con cada persona que encuentre. Quéjese con su familia cercana. Quéjese con sus parientes lejanos. Quéjese con el vecino. Quéjese con su jefe. Quéjese con su empleado. Quéjese en los periódicos y en los noticieros de la noche o en los programas de la mañana. Quéjese con el doctor, con el abogado, con el señor que vende shucos en la Zona 4. Quéjese con el señor de la abarrotería “La Divina Providencia”. Quéjese con su pastor o con el padre. Quéjese con el guardián del condominio. Quéjese con la vendedora de mangos verdes. Quéjese con la locutora de radio. Quéjese con el señor con tres dientes de oro. Quéjese con la dependienta de la panadería. Quéjese con la anciana que va junto a usted en la camioneta. Quéjese con los que están filmando una película cerca de su casa. Quéjese con el poeta. Quéjese con la maestra de su hijo. Quéjese con el motorista repartidor de pollo frito. Quéjese con Dios. Quéjese con la secretaria de uniforme azul marino. Quéjese con los muchachos del pinchazo de la esquina. Quéjese con su contador. Quéjese con charamilero sin dientes que se muere de goma. Quéjese con la persona más triste o más feliz que pueda encontrar. Quéjese con las plantas. Quéjese con todos los animales del Zoológico la Aurora. Quéjese con los canarios, los loros y las lechuzas. Quéjese con las botellas vacías. Quéjese y no actúe. No se comprometa. No abandone sus mejores excusas para evitar involucrarse. No dé ningún paso para cambiar las cosas. Para que el próximo año sea igual al presente o a todos los anteriores, no haga nada, simplemente quéjese y quéjese y no pare de quejarse.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

ISABEL DE LOS ÁNGELES RUANO

Puede que fuera un día veintitrés de diciembre, un diciembre que recuerdo particularmente frío. Yo miraba con asombro la vitrina de la Juguetería de la Sexta Avenida donde se exhibían los estrenos para aquella navidad de 1981: los primeros muñecos de Star Wars junto con sus equipos completos de naves y espadas Jedi; Big Wheels, carritos a control remoto y toda una gama de tractores Tonka color amarillo. A través del vidrio todo se veía iluminado y llamativo. En el corredor de la tienda estaba mi madre esperando que le empacaran unos regalos. De pronto un señor vestido con un saco azul y una gorra café se acercó para vendernos algo. De su enorme maletín de cuero, el vendedor ambulante fue sacando varias muestras de perfume, lapiceros y tarjetitas navideñas. Recuerdo a mi madre comprándole algo y despidiéndolo afectuosamente.
Cuando le pregunté a mi mamá si conocía al vendedor, ella me dijo que no se trataba de un hombre sino de una mujer que había optado por asumirse como hombre, que además había sido su compañera de clases en la secundaria y que era una gran escritora, una poeta guatemalteca. P-o-e-t-a, aquello sonaba tan místico. Para mí los poetas eran personas que vivían en otro tiempo y en otro lugar, así que me asomé afuera del almacén para ver como la poeta se alejaba lentamente por la avenida llena de compradores navideños.
Con el tiempo tuve el privilegio de conocerla, Isabel de los Ángeles Ruano, una de las más grandes autoras latinoamericanas y Premio Nacional de Literatura. Todavía la encuentro deambulando por las calles del Centro Histórico y ganándose la vida de esta manera. Algún día los guatemaltecos sentiremos vergüenza por nuestra mediocridad y por dejar en el olvido a todos aquellos que son verdaderamente grandes
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viernes, 3 de diciembre de 2010

SABOR A NOBEL

No soy un lector de nobeles, quizá porque le he perdido afecto a los reconocimientos literarios. Y no es mala leche o afán de polemizar gratuitamente. Sucede que me provoca un gran desencanto la manera como lo mercadean y lo promueven las casas editoriales transnacionales. Por su parte el tribunal político-intelectual europeo parece agendarse cada vez más en la manida corrección política, tratando con ello de mantener la vigencia cultural de la vieja Europa.
Mario Vargas Llosa. El escritor latinoamericano más reconocido ha dejado libros imprescindibles. Su sobriedad decimonónica y su errático juicio político le ha ganado una enorme cantidad de simpatizantes y detractores. La ciudad y los perros fue una transfusión de sangre nueva en la vena llorona del realismo latinoamericano. Un libro que me dejó perplejo y que recuerdo haber terminado en tres días. Un libro inevitable. En contraposición me encuentro con el Vargas Llosa actual, preocupado por los grandes temas, exhibidor técnico de su rigor formal y de su oficinesco trabajo literario. Hoy en día sus novelas son como ir a visitar un museo.
Tal vez en la carrera por alcanzar el Nobel muchos autores han perdido su alma. Aquellos que empujaron la cuesta y lograron caerle bien a los suecos, para luego enrollarse en inacabables novelones gratos al entusiasmo consumista de los caza-novedades editoriales. Durante un año sus libros llenarán los anaqueles de los supermercados, para luego caer en el vacío de ser un objeto de colección, lo que significa: no ser leído. Viéndolo desde el otro lado de la barrera, pienso en lo que significa escribir bajo las circunstancias más difíciles y ser publicado desde la invisibilidad de países como Perú o como Guatemala. Pienso en la permanencia alcanzada a fuerza de aprender, corregir y empezar de nuevo, intento tras intento, buscando quizá no ser comprendido sino hasta dentro de mucho tiempo y por otros lectores en otras sociedades. Así es como me quedo con el Vargas Llosa de los sesenta, sin Nobel a cuestas.