miércoles, 29 de septiembre de 2010

EL HUEVÓN

Quienes tenemos un trabajo nos llenamos rápidamente de tedio. El tedio de llegar apenas al fin de mes. El tedio de distribuir lo que ganamos sin dejar algo para nosotros. El tedio de volver y volver al mismo sitio para hacer lo mismo de ayer y de anteayer, hasta que esa venenosa mezcla de desencanto y de conformismo nos va amargando la existencia hasta convertirnos en una gigantesca bolsa de quejas. Así es que crece, se reproduce y muere el huevón. El huevón es aquel cuya capacidad de decidir y de proponer se ve superada por una enorme frustración crónica y paralizante.

Los guatemaltecos estamos acostumbrados a lo peor de lo malo. Por eso mismo nunca exigimos demasiado. Nos resignamos a la mala atención en las cadenas de restaurantes, al servicio a regañadientes que nos dan en los bancos, a los chóferes de bus que nos tratan como ganado y a los empleados públicos que hacen lo que les viene en gana con nosotros. Somos incapaces de exigirles un mejor trato, porque en el fondo nos congraciamos con nuestra propia mediocridad, o sea, esa torpe clausula de nuestra formación cultural que nos dice que “servir” es lo mismo que denigrarse.

La huevonería es algo que deviene de nuestro sedentarismo tanto para ofrecer, como para exigir. Nos sentimos parcialmente merecedores de lo que hacemos o pedimos, es por eso que nos interesamos tan poco en mejorarlo. Quedarse fuera de las horas de trabajo es tan indigno para el huevón, como lo es para el huevón exigirle un mejor servicio a los gerentes del gran monopolio de los supermercados, bancos o restaurantes y no digamos al Estado. Y es así es como los guatemaltecos ni siquiera nos sentimos en libertad de pedir un mínimo de calidad a cambio de lo que estamos pagando.


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