lunes, 9 de agosto de 2010

SANTIDAD

Según tengo entendido un santo es alguien que sirve como un ejemplo a seguir. Inquebrantable, ascético, cristiano, milagroso y dotado de un aura incandescente de espiritualidad y dominio propio. Alguien que merece la fe y la fidelidad de muchísimas personas. La Iglesia católica se ha encargado de recopilar sus biografías y de someter a ese riguroso proceso de selección de aquellos que merecen ser elevados a un nivel de sobre-humanidad. Sin embargo tal cosa siempre genera polémicas ya que, como todo proceso humano, una decisión de este tipo no está exenta de errores. Críticas llueven cuando muchos de los santos resultan siendo –a la luz de la investigación histórica- algo peor que pecadores, acaso crueles fanáticos religiosos que en su momento exterminaron a miles o tuvieron a su cargo cruzadas de tortura y de persecución contra supuestos herejes, árabes o judíos.

¿No será este el momento en que la Iglesia Católica deba replantearse tales modelos de santidad y devoción? Si un santo es alguien que se ocupa de los demás y realiza verdaderos actos de fe, creo que tales personas pueden hallarse en gente común que llevan vidas extraordinarias sin ser, muchas veces, cristianos. ¿Qué se necesita para ser santo? 1. Alguien reconocido por sus virtudes heroicas de caridad y justicia 2. Haber realizado un milagro comprobado y 3. El martirio.

Alrededor de nosotros, en una sociedad tan egoísta como la guatemalteca, uno encuentra santos. Personas que hacen suyo el dolor ajeno, en compensación de otros que lo explotan. Aquellos que hacen milagros para mantener hospicios para ancianos o para personas con Sida o centros de rehabilitación para alcohólicos o adictos. Esos otros “mártires” -si podemos llamarles así- que de pronto se mueren agobiados por un mundo que dejan incompleto de esperanza cuando parten. Para ellos mi devoción y homenaje.

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