miércoles, 2 de junio de 2010

DEBAJO DEL PUENTE

Existen dos vidas, una arriba del puente y otra debajo.

Desde arriba la gravedad atrae a quienes observan en el barandal. Techos lejanos que se mantienen bajo el peso de llantas viejas y restos de chatarra. Caudalosos deshechos químicos y humanos fluyen junto a las gradas y las veredas. La humedad entre el musgo, la basura y las matas que asientan la forma de este infra-mundo.

Desde abajo las cosas cambian. Las enormes columnas de concreto hacen del puente un extraño techo, un techo frío y remoto, o una suerte de cielo gris permanente. La vida cotidiana es asediada por temblores y cosas que caen desde la superficie. A veces -como en la película de mi amigo Gustavo Maldonado- hasta llueven milagros. Niños juegan al fútbol como en cualquier otro lado. Las mujeres barren sus casas. Otros suben a ganarse la vida en lo que pueda ofrecerles su horizonte de posibilidades. Ni la malla metálica que pusieron ha logrado evitar que las personas desesperadas se lancen al vacío. Los cuerpos caen y los vecinos ven descender a los bomberos para recogerlos. Una suerte de Xibalbá.

Cuando sucede la desgracia de llover durante días y continuamente, el asentamiento suele borrarse. Desde los carros y los buses que cruzan la estructura, sólo puede reconocerse una densa niebla cernida sobre el barranco. La cámara de un noticiero de televisión capta el rostro de una madre, un padre o un hijo velando una infinita tristeza. La vida está en otra parte, arriba, en ese lugar de bocinas que buscan, entre la prisa, abrirse un camino hacia ninguna parte.

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