miércoles, 26 de mayo de 2010

CONGO

La plumilla retiraba las gotas sobre el windshield y Manolo seguía haciendo su recuento de nuestros amigos de infancia y de lo que fue de ellos. En ese momento sentí que ese pasado estaba en otro sitio, en un lugar congelado y remoto de mi vida. Con Manolo compartimos una adolescencia disconforme, llena de excesos, chabacanerías y desintereses comunes en un barrio que ahora está plagado de sicarios, robacarros y narcotraficantes. Él optó por casarse y tener hijos con una muchacha de la colonia y sigue viviendo en la misma casa de entonces; pone un disco de Soda Stereo y me pregunta si todavía me gusta ese grupo. Los años ochenta pasan velozmente por la avenida mientras la lluvia arrecia. Toda la mara o está muerta o está en el Norte o está presa o se volvió evangélica -acota de manera tajante. Se acumulan en mi mente una serie de imágenes presentes: la señora de la tienda que me vendía el pan, mi primera novia, el muchacho gordo y solitario que se apostaba en una esquina a escuchar la radio por las noches. Ahora ese lugar ya no existe. Toda esa gente dejó sus casas al comenzar el granizo. La pólvora acabó con la vida de personas muy queridas, vecinos que se atravesaron en el camino de los extorsionistas, sicarios y narcotráficantes que tomaron nuestras esquinas. Es la soledad vos, me dice sin soltar la vista del camino, nuestros viejos nos dejaron solos, se fueron a trabajar a los Estados y nosotros aprendimos de las malas juntas: dejamos de estudiar y agarramos vicios. Queríamos las chivas de la mara con plata, pero no trabajar por ellas. Eso nos llevó por el mal camino.

Me despido de Manolo y bajo de su taxi. Me invade una remota y sólida tristeza.