miércoles, 21 de abril de 2010

ROÑA

Un amigo me contó que durante su clase de maestría en política, en una prestigiosa universidad privada, preguntó a sus alumnos si conocían la obra de Karl Marx, ante el silencio general una muchacha levantó la mano y respondió: ¿Era uno que era guerrillero, verdad? Aunque risible, esta es una reducción caricaturesca de los nuevos profesionales. Sin embargo no es muy distinta a la de los eternos militantes de la izquierda exquisita que cuando oyen el nombre de Friederich Hayek o Von Mises sacan de inmediato sus rosarios llenos de consignas y prejuicios, y no se inmutan en señalar de teóricos neoliberales a John Stuart Mill o Isaiah Berlin sin haber leído una sola página de sus obras. No menos pintoresco es el caso de los hepáticos gurús empresariales que afinan sus dardos contra el Estado señalándolo de corrupto e innecesario, pero que sufren de amnesia temporal cuando se trata de cerrar jugosos negocios con el mismo. Ni los periodistas que proclaman la libre expresión del pensamiento, siempre y cuando este sea muy afín al grupo social que está detrás de ellos. En la misma canasta caben los intelectuales añejos que se dedican a resobar argumentos contra los jóvenes, simplemente por miedo a que su influencia les sea poco relevante. O los habituales opinionistas amargados que dedican años de columnas intrascendentes a señalar nuestras ridículas e incivilizadas carencias, pero que difícilmente pueden disimular su racismo y misoginia. Quedan los que dicen que quieren irse, pero nunca lo hacen… desgraciadamente.

Mis preguntas difíciles son: ¿Me siento digno de tirarles la primera piedra?, ¿Será que yo no soy peor que todos ellos?

http://www.sigloxxi.com/opinion.php?id=8673

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