lunes, 5 de abril de 2010

DISENTIR

De nada sirve discutir. Somos incapaces de llegar a converger en un punto común, porque culturalmente se nos educó para no dialogar. Acostumbrados a sermonear o a dar sermones, nuestra herencia cristiana nunca se aparta de nosotros. De eso que disentir sea una forma de atacar y no de hablar. Nos comunicamos desde el púlpito de nuestras certezas y jamás lo hacemos tratando de entender el punto de vista de los demás. Resolvemos desde un tribunal donde los otros son nuestros jueces o nuestros condenados. Mantener esa falsa solvencia moral encima de los demás, sostiene y justifica nuestra intolerancia.

Pedimos justicia. Pedimos un alto para la impunidad. Nos asumimos como víctimas de un sistema completamente falible. Pero marginamos cualquier idea que sea distinta a lo que se nos ha inculcado. Disentir se ha vuelto una amenaza para una sociedad que tuvo su origen en la inquisición española. Pienso en los grupos de linchamiento organizados para vapulear y quemar desde un delincuente hasta cualquiera que amenace el punto de vista dominante de la aldea o del barrio. El simple hecho de disentir parece acercarse a un delito.

No todo el mundo está en contra del consumo de drogas, no todo el mundo es heterosexual, no todo el mundo es cristiano, no todo el mundo quiere casarse y tener una familia, no todo el mundo cree que amar a su país sea llevarse la mano al pecho y cantar el himno nacional, no todo el mundo encaja en el formato impuesto a partir de nuestros miedos y errores comunes.

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