jueves, 26 de noviembre de 2009

LOS NIÑOS DE LOS NIÑOS

El niño alimenta un silencio, una soledad prismática y temblorosa, un miedo que inicia y termina en el continente adulto. ¿Y qué es el adulto para el niño? Me hice esta pregunta años atrás mientras escribía “Afuera”, una novela que trata acerca de algunos fantasmas de la infancia: la imaginación y el aislamiento. En ella quise grabar las impresiones que recuerdo de manera casi tangible de ese otro mundo, el de la niñez. Para mí la palabra afuera es la síntesis que resume la verdad adulta vista desde la infancia. Los mayores son los niños que aguardan afuera del mundo de los niños. Los vigilantes contenidos por las responsabilidades y las rutinas sin término. Seres ríspidos plegados a sus razonamientos. Esa gente grande que se queja de su mala suerte, que se asfixia en el rencor y se desquita siempre con los más débiles.
En mi novela quise también describir un mundo interior. Esa zona de magia retenida y posible. Creo que para los niños el tiempo es algo que importa poco, pueden distraerse horas y horas observando cosas por demás comunes. La vida dentro de ellos es un diálogo lleno de preguntas y respuestas. Cuando las respuestas se amontonan y dejan de darle paso al asombro, es cuando empiezan a crecer y a morir también, es el advenimiento de su madurez, de su camino asfaltado con certezas.
Los niños son los únicos locos que permite esta sociedad, dice el poeta español Leopoldo María Panero en una entrevista. Lo creo. Curiosamente al abandonar ese cuerpo pequeño muchos quedamos suspendidos en un punto neutro. Calcamos nuestros miedos infantiles en la vida adulta. Caprichosos y egoístas, aceptamos la existencia con la prepotencia del adulto, pero insistiendo en las supersticiones e inseguridades de la infancia; envejecemos sin crecer. Olvidamos.

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