jueves, 13 de agosto de 2009

HOSTILIDAD PROGRAMADA III

Una hora antes de que Obdulio fuera asesinado estuvo almorzando con su primo Elder, quien también es piloto de bus. Obdulio y Elder hablaban acerca de no pagarle impuesto a la clica que los estaba extorsionando; ambos creían que la cosa se iba a calmar luego del operativo que había realizado la Policía Nacional Civil hacía tan sólo unos días. Durante esa mañana no aconteció nada anormal. La misma rutina: después de las ocho de la mañana la camioneta se desahoga de pasajeros y se queda con la perpetuidad de vendedores de chicles, bolígrafos y recetas de cocina que suben a ofrecerle sus productos a las señoras que vuelven del mercado cargadas con bolsas.
Pero tan sólo seis horas antes, Obdulio y su ayudante le pedían de mal modo a la gente que se corriera para que le dejaran espacio a las personas que iban subiendo. Una Guernica ambulante. La gente se retorcía entre las filas completamente llenas. Ventanas cerradas, sudor y música reguetón sonando a todo volumen. Otro de tantos buses que, rebalsando de gente, se abre paso en medio del tráfico abominable de las siete de la mañana. Una familia quiere bajar donde no hay parada. Obdulio para a la mitad de la calle. Uno de los niños se pierde entre los cuerpos cuando busca la mano de su mamá, mientras su papá hace lo posible por salir con su hermanito de brazos. Obdulio les grita que se apuren, a lo que el hombre responde desde abajo del bus “Ojalá te maten hijuelagranputa”. La gente apretujada en el bus golpea las puertas, suena los timbres y grita desesperada: “apurate pues”. El piloto siente algo amargo que le baja por la garganta, sube el volumen del radio y continúa su ruta. Esta vez sintió algo muy distinto; fue como si un fuerte escalofrío le estrujara todo el cuerpo.