miércoles, 3 de junio de 2009

LIBERTAD ASEQUIBLE


Un poco de libertad asequible es un riesgo. Quizá porque un concepto tan abstracto y tan vago como “libertad” es algo que nunca aprendimos. Nuestra infancia la transitamos en pequeños reductos de totalitarismo donde únicamente nos encaminaron hacia el fanatismo religioso o hacia el funcionalismo laboral en su escala más mediocre.
La libertad, en la porción que me corresponde, es la libre expresión de las ideas. No existe nada más preciado que poder enunciarse, cuestionar y explorar las orillas más desconocidas del humanismo. Poner límites a la expresión es el recurso más cobarde que sostiene cualquier dictadura. Una actitud que, salvo algunos polvorientos feudos de Oriente Medio y otras dinastías fascistas en América Latina o África, casi se ha extinguido.
Admiro los postulados de la libre competencia. Competir es prevalecer y arriesgarse muy por encima de las barreras. Ese espacio donde se imponen la voluntad y el mérito, muy por encima de los proteccionismos, las prebendas y las fusiones monopolistas. Un postulado válido: libre empresa. Sin embargo, la libertad como práctica económica es algo que no termino de comprender; siempre me zumba un enjambre de preguntas al margen de la defensa que se hace de este tópico: ¿quiénes son aptos para la competencia?, ¿se puede competir libremente sin disminuir el gran abismo entre la riqueza y miseria?, ¿se puede erradicar el odio de clase aduciendo que todo es cuestión de asumir una actitud?, ¿qué sucedería si en un país como Guatemala descartáramos cualquier política social?
Aunque las dudas no me quedan muy claras, estoy seguro de que no hay otro camino que la libertad. Contra los dogmas de la propaganda y el caudillismo. Ya aprendimos de memoria esa amarga verdad: la condición humana es proclive a cerrar cualquier salida y a corromper cualquier utopía.