lunes, 27 de abril de 2009

MATAR

Desde los asesinatos rituales que surgieron en los inicios mismos de la humanidad, pasando por la sordidez de tantas guerras interminables y llegando hasta nuestros tiempos y sus continuas apologías del crimen que se mantienen con gran éxito en la industria del entretenimiento, matar sigue siendo lo mismo: algo indeseable y repugnante, pero culturalmente permitido.
A medida que nos vamos adentrando en la Era del Confort —llena de novedades tecnológicas, comida hormonalmente veloz e incansables bombardeos publicitarios—, cada vez se hacen menos comprensibles las razones que llevaron a nuestros antepasados a matar o a morir buscando defender ciertos principios. Queremos tener una vida sin aspavientos donde todo llegue a nuestras manos con sólo pedirlo. Hasta matar a los animales que nos proveen de alimento nos parece algo miserablemente cruel, pero no por ello estamos dispuestos a renunciar a su producto, sólo queremos evitarnos el malsano espectáculo de ver como es sacrificado.
Hoy en día matar tiene muchos significados. Es un acto vil y repugnante, pero está presente en nuestros pensamientos cuando nos sentimos amenazados. Matar el mal, esa es la base donde se fundamenta la tranquilidad y la justicia en nuestras sociedades. Pensamos que aquellos que matan deben pagar con su vida el daño que hicieron. Apelamos por una pena de muerte sin contemplaciones. Ahora me pregunto ¿Será que cualquiera de nosotros tiene el valor de acabar con la vida de un delincuente con tal de que se cumpla la ley? ¿Ten-dríamos el valor para dispararle mientras lo vemos a los ojos? No lo creo. Será necesario recurrir a una persona que no le tiemble el pul-so para hacerlo. Debe ser otro el que cargue con esa muerte, pero nosotros no. Nosotros queremos tener una vida limpia y sin remordimientos.