miércoles, 11 de marzo de 2009

PUNTOS SUSPENSIVOS



“No toda la gente se corrompe… debes tener más fe en la humanidad”, le dice una adolescente Mariel Hemingway a un cincuentón Woody Allen en la escena final de la película Manhattan. La respuesta de la muchacha es conmovedora, con-tundente. La derrota no existe desde siempre; la derrota es un hábito que se adquiere cuando hemos fracasado ante noso-tros mismos. Son tiempos duros para Guatemala. Es muy difícil hablar de esperanza cuando somos blanco fácil para la violencia y esta-mos desprotegidos ante la crisis económica. Entonces hablar de optimismo nos suena paradójico, cursi y sin sentido. Pensamos que sólo nos queda administrar el fracaso, quedarnos a la orilla y masticar nuestra rabia. A pesar de ello siempre existe alguien que habla de cambio. Ya nos encariñamos con la derrota, así que emprendemos una cruzada para desmantelar su aparente ingenuidad. Lo atraemos hacia nuestra orilla: la isla cómoda y decente de los fracasados.Que el Estado sea un fracaso no nos excluye de responsabilidades. Cuando la organización de un país falla es culpa de todos. Somos millones los que vivimos aquí, la culpa no la tiene sólo la elite económica ni el intervencionismo extranjero ni los parti-dos políticos. A todos ellos les cedimos la toma de decisiones. Ellos son la mejor excusa para justificar esa apatía y esa falta de iniciativa que nos sostiene en lo disfuncional. Ellos sostienen nuestra retórica de la inacción. No todos los guatemaltecos cabemos en ese esquema. Sé que no todo está perdido. No todo es desencanto y ruina. Todavía existen locos e ingenuos idealistas. Todos ellos jóvenes de cuerpo o de espíritu. Así que si somos felices en la mediocridad, si no proponemos algo nuevo, por los menos tengamos la decencia de hacernos a un lado. No seamos de los tantos obstáculos que ellos deben superar.