miércoles, 25 de marzo de 2009

EL DISCRETO ENCANTO DE LA DICTADURA



Siempre resurge el fantasma del caudillo que, sin pelos en la lengua, deja caer su labia reivindicativa y justiciera sobre los odres podridos de la política. Temas abundan para la disconformidad. Los inconformes son los que tarde o temprano alzan las armas y levantan en hombros al personaje insignia que propone la igualdad y el cambio.
Cuando abiertamente alguien amenaza con eliminar las barreras sociales e imponer orden y justicia en plazos extremadamente cortos, de inmediato despierta nuestra suspicacia, es evidente que se anticipa un nuevo dictador. En los países como el nuestro existe una muy amplia variedad de dictadores para escoger. Los hay solemnemente derechistas - ustedes ya saben, de esos que argumentan que los pobres son pobres porque quieren- y que pueden alternar las torturas a prisioneros políticos, los exterminios de población civil en resistencia, los partidos de fútbol y el fervor religioso sin que eso les cause ningún problema; por muy palurdos e ignorantes que sean, siempre tendrán oficiosos intelectuales que trabajen para ellos organizándoles la crisis. También existen los dictadores campechanamente socialistas; pintorescos, dicharacheros y medio pirujos; dueños de la única y patentada fórmula para sacar de la miseria y de la ignorancia a sus súbditos; si alguien no está de acuerdo con ellos está del lado de la oligarquía más apestosa o es usufructuario del imperialismo yanqui, un seguro candidato para el ajusticiamiento, la cárcel y el exilio. Ambos trabajan de la misma manera: ofrecen, dirigen y expulsan. Apuestan por una cultura discursiva. Llena de delatores, sicarios y aduladores de toda índole. Son inmensamente populares, porque en el fondo tenemos mucho de ellos. Las dictaduras germinan siempre en medio de la desesperación y la derrota.