jueves, 8 de enero de 2009

FÓLDERES AMARILLOS

Gente de cualquier edad: adolescentes, padres o madres de familia, incluso abuelos… Personas que desde muy temprano recorren las calles cubriéndose del sol con curvos fólderes amarillos donde guardan todo ese legajo de requisitos solicitados en los anuncios clasificados: fotos tamaño cédula, antecedentes penales, antecedentes policíacos, hoja de vida y algún certificado de salud que garantice la inexistencia de enfermedades infecto-contagiosas. Cada documento significa horas de trámite y una cantidad de dinero que es mucho pedirle a una persona sin trabajo. Costosos requisitos comunes que van a dar a los archivos de las oficinas de recursos humanos, donde serán evaluados —la mayoría de las veces— sin prestarle atención a otra cosa que no sea la funcionalidad de un elemento que re-solverá la urgencia de cubrir un puesto con un menor salario y con menos consideraciones laborales que el empleado anterior. Nada expone con tanta claridad lo que sucede en nuestro país como asomarse por un instante a la soledad en los ojos de un desempleado cuando deambula de un sitio para otro. Traslucen la duda y el cansancio, todo eso que llamamos necesidad. Necesidad de tener ese poco de esperanza para levantar el ánimo a una familia que lleva tiempo sin tener la certeza de que va a concluir el día con comida sobre su mesa. Esos rostros que son el único diagnóstico económico que no se deja atrapar por los tecnicismos populistas de los funcionarios ni los informes gubernamentales ni las políticas de papel. Papeles y promesas que, al igual que los fólderes amarillos de los mil-lones de desempleados de este país, solo sirven para cubrirle el rostro a esa enorme indiferencia que existe frente a la desesperación de la mayoría.

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