lunes, 24 de noviembre de 2008

REDUCTOS

Pienso en los tiempos difíciles. Incluso más difíciles que estos que vivimos. Épocas terribles de hambre y miedo. Períodos de guerras o de desastres naturales que traen al suelo la frivolidad humana. Episodios donde la sociedad se ve desprovista de su blindaje de bisuterías y no le queda otro remedio que amalgamarse para lograr sobrevivir ante la pérdida. ¿Por qué ante el infortunio colectivo surge la necesidad de corresponderle al vecino, al que es diferente o al que tiene un distinto origen?
La crisis a gran escala deja un reducto para la filosofía. Pero no me refiero al galimatías teórico que rellena gruesos tomos. Me refiero a lo sustancial, a ese extraño convenio que hacemos con la vida cuando lo perdemos todo y entendemos que la muerte nunca está demasiado lejos.
No es el dolor el que construye la vida, es la insistencia por no doblegarnos ante la debacle. Aprendemos mucho de la historia y de su recetario de injusticias, pero comprendemos mejor quiénes somos cuando examinamos la actitud de los sobrevivientes. Es contradictorio que en tiempos donde cabe la posibilidad de salir adelante, seamos renuentes a la esperanza. Quienes poseemos una vida menos difícil nos ocupamos esmeradamente en el lamento.
No busco edulcorar la realidad con argumentos trasnochados. La verdad es que yo sería un pésimo autor de libros de motivación. Pero no vale la pena desperdiciar el tiempo buscándonos argumentos y razones que justifiquen el estado actual de cosas. Reincidir en la comparación de sociedades modelo que han resuelto -en apariencia- todas sus carencias, es un quejumbroso ejercicio de vergüenza y simulación. El aporte reflexivo y la denuncia son útiles cuando en la práctica construimos la posibilidad de un cambio. Profesionales de la derrota ya sobreabundan por todos lados.

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