miércoles, 5 de noviembre de 2008

HAMBRE

Imaginemos una fotografía. Digamos que trata de ser una imagen documental que posea la elocuencia suficiente para hacer que el observador se sienta arrobado por un profundo sentimiento de misericordia. Lo primero es hallar a un niño indígena, lo segundo es que posea un rostro cubierto de costras de polvo y lo tercero es que alcance un alto grado de desnutrición.
El fotógrafo entra por un momento en el mundo del niño y de su familia. Caseríos llenos de lodo y con viviendas tan frágiles que cualquier neurosis del clima puede destruir de inmediato. Descubre que modelos para su proyecto abundan, pero selecciona al infante más extrovertido y, por qué no decirlo, al más fotogénico. La comunidad observa la cámara y su sofisticada mecánica de lentes desmontables que bien cuesta todos los animales de patio que poseen. En fin, la foto sale luego de varios intentos de hallar una locación que dé con el color y con el tono de luz necesario.
La crítica especializada recibe la fotografía con elogios. Se muestra en galerías de arte, páginas de Internet y en revistas de todo tipo. Su autor siente la satisfacción por haber mostrado al mundo el deterioro moral en el que hemos caído. Le envía al niño una copia de la revista donde su imagen encabeza un número especial acerca del hambre en el mundo, pero jamás se percata si él la llegó a recibir.
Curiosamente el hambre tiene muchos rostros, pero son más impactantes los que vemos poco. No es el rostro de los empleados de la maquila de la esquina, ni el de las personas que vemos subrayar los clasificados cada mañana con la esperanza de hallar un trabajo donde sea, ni es el de la persona que mal pagamos para que nos ayude con el oficio de la casa. Pero vemos esta foto y nos lamentamos diciendo “es increíble que sucedan estas cosas y que no nos demos cuenta“.