viernes, 17 de octubre de 2008

AEROPUERTO LA AURORA

Al salir del aeropuerto La Aurora, pasando la cola de migración y aduanas, una enorme cantidad de rostros se aglomeran. Sus ojos buscan entre nuestros rostros cansados, no al turista ni al viajero, sino al mismo que hace muchos años tuvo que partir. Mientras avanzo hacia la puerta de salida, me quedo perplejo al ver la gran cantidad de rostros de niños y de ancianos que aguardan afuera. Un señor con una gorra negra me pregunta si yo no venía en el vuelo de Chicago, y al responderle que no, me contesta -Es que a estos mulas del aeropuerto pusieron esas pantallonas sólo para poner anuncios y esas pantallitas que ni se ven para anunciar los vuelos- y puedo notar su ansiedad.
Esa ansiedad que está en quien aguarda y en quien vuelve. El que vuelve mira la ventanilla de un avión que nunca aterriza, espera encontrar un rostro que dejó sin crecer, unos labios que besó hace mucho tiempo y una mano que estrechó tibiamente al despedirse.
La migración no es algo que se reduce únicamente a términos económicos. Es algo que nos obliga a desplazarnos lejos de nosotros mismos. Dejar hijos, parejas, padres y amigos para reinventarnos y abrirnos camino en otro sitio, es un problema también de la conciencia.
Estoy seguro que a quien le toca partir como a quien le toca quedarse anhelan un volver que sea menos difícil. Desean que la distancia no cambie las cosas y que al regresar ambos puedan reconocerse. Pero quien se va y quien se queda no salen ilesos de la distancia. La distancia es siempre algo muy difícil. Largos son los caminos de la espera y de la soledad.

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