viernes, 17 de octubre de 2008

VÍCTIMAS CRÓNICAS

Coleccionamos tantos males diminutos que nos hemos convertido en enfermos crónicos. La enfermedad nos aísla, nos aparta del mundo, pero la hemos arraigado tan profundamente en nosotros que parece imposible hallarle una cura. Es más, quisiéramos tener una sola enfermedad terminal, una simple masa dolorosa que nos abarcara hasta terminarnos, así podríamos declararnos como víctimas inocentes del destino y no simples melancólicos adictos al sufrimiento.
Amamos el papel de víctimas porque siempre es más fácil sobrevivir así, escondidos, mostrándonos como herederos de una derrota compartida. Sabemos que existen curas que podrían sacarnos de nuestro estado, pero hemos sucumbido a los placeres de la lástima y el cinismo. Pensamos que lo mejor es aglomerar gente que se deslumbre ante nuestro sufrimiento y que nos extienda sus pequeñas ofrendas de lástima. Nos hemos aprovechado a tal punto de esta situación, que nos vendemos como pornografía de la miseria y del fatalismo. Hemos encallado en la fase del encierro, comenzamos a disfrutar nuestro cuerpo débil e insano. ¿Cuándo podremos aliviarnos, si nosotros mismos protegemos la enfermedad?
Somos víctimas crónicas, enfermos profesionales. Vivimos de eso y lo explotamos. Valga esta metáfora para diagnosticarnos como sociedad. Nuestro verdadero padecimiento es seguir redundando en lo mal que nos sentimos hasta quedarnos postrados. Es necesario abrir las ventanas de la habitación y dejar que entre nueva luz.

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