viernes, 17 de octubre de 2008

ROCANROL-EGO

El primer concierto de rock al que asistí fue en Panajachel en el año 1988. Tenía 14 años y el grupo estrella era Alux Nahual. La enorme cantidad de gente, la presencia escénica del grupo y mi primera borrachera respetable harán de ese día uno de los momentos más memorables de mi vida. Creo que los primeros 3 discos de Alux son el aporte más sólido que Guatemala ha hecho al rock en Latinoamérica.
Dos años después estuve en un concierto Trash Metal organizado en una bodega de llantas en la Avenida Bolívar. Tocaban muchos grupos desconocidos y fue un verdadero aquelarre de slam y de violencia lírica que marcó el surgimiento de la fiel tribu del rock underground. Los aportes de músicos como Jorge Rodas, Guerreros del Metal, La Pesadilla de Parker, Fernando Varela y Noctis Invocat -entre otros- lograron fijar toda una simbología que merece una crónica más extensa que esta breve cápsula de opinión.
Los años noventa estuvieron marcados por ese aparente optimismo tras la firma de la paz y por el surgimiento del puritanismo desarrollista de la corrección política. Afortunadamente nada de eso logró atravesar el blindaje crítico de una escena rock conformada por poetas. La Tona y Bohemia Suburbana dieron a los jóvenes una visión más profunda que la de una emtivisada Generación X.
Hoy en día asisto a muy pocos conciertos, pero a veces escucho en la radio a bandas nuevas. Algunas con gran solidez en producción, pero me dejan un gran vacío en cuanto a sus letras tan complacientes o tan comercialmente saturadas de ese fervor de slogan pachanguero.
El rock también es este país y se ha construido a través de la resistencia de un público incondicional, es todo eso que queremos decir y no siempre podemos.