viernes, 17 de octubre de 2008

MÚSICA DE CAÑERÍA

Es imposible hallar un poco de silencio. Siempre hay algún campechano que pone música, atribuyéndose la autoridad de decidir lo que los demás queremos oír.

Es sábado y deseo desayunar en un restaurante de comida rápida. Llevo algo para leer mientras como. Alguien en el interior de la cocina le grita al de la caja: vos, ponete el radio porfa, entonces comienza mi suplicio. Una nube tenebrosa de baladas se asoma. Esas cosas tan horribles que encadenan a la programación de las radios y que las repiten ad infinitum en todo el cuadrante. Por otro lado encuentro al comerciante que saca cuatro bocinas a la calle y le detona los tímpanos a los transeúntes, asumiendo que los clientes "van donde hay bulla". A esto se aúna la iglesia evangélica de esquina, que acaba de comprar bocinas y que quiere que todo el mundo se entere de la bendición que han recibido del Señor, subiéndole todo el volumen al chunche. O qué decir del vecino que llega a las 6 de la mañana del domingo oyendo rancheras en su pick up equipado con el más avanzado car audio system.


Muchas veces me he preguntado ¿Qué buscamos decir con la música que ponemos?, ¿por qué deseamos tan denodadamente llamar la atención de los demás o influir en su ánimo?, ¿quién se esconde detrás de la empleada estatal que recibe nuestros papeles mientras oye “mentira todo era mentira, los besos las rosas, las falsas caricias…” en la radio?



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