viernes, 31 de octubre de 2008

LA SOLEDAD Y LA FIEBRE

El día viernes algo sucede. Uno pasa por alguna tienda de barrio y encuentra a diez solitarios reuniéndose alrededor de una pequeña mesa de pino llena de envases de cerveza. Pasa por una gasolinera de autoservicio y sucede exactamente lo mismo, pero junto a un vehículo que rechina sus bocinas con música reguetón. Los bares fuera de las universidades rebalsan de estudiantes que trabajan medio tiempo y llegan a recibir clases con el uniforme de la empresa puesto. Las discotecas son tranvías repletos de una clase media ansiosa de consumirse todo. El viernes tiene una sintonía que traspasa las capas sociales. Es un día para huir de esa soledad de la rutina.
¿Qué sucede el resto de la semana?
Pequeñas magulladuras que remiten a empleos que, en todo caso, no son lo que deseamos. Jefes prepotentes. Presiones económicas. La carga de ocupar un pequeño trozo de mundo que no es ni de lejos un lugar propio. Por momentos un deseo hurga dentro de nosotros. El deseo de respirar lejos de nuestras rejas. Deviene cierta amargura. Entonces los que poseemos un empleo alcanzamos el día viernes para salir y estar con nuestros hijos, con nuestra familia –y si se carece de ésta o se le ve mas bien como una carga- pues con los amigos o las amigas. Una breve noche de egoísmo. Ese espacio permitido para hacer demoras entretenidas.
Una vida tan mecánica como la nuestra, hace que hasta la forma de evadirnos sea mecánica. Distraerse con lo mismo y luego incorporase a lo mismo. El deber de congeniar con la soledad y la fiebre. La fiebre que nos enciende el deseo de vivir en pocas horas una vida distinta. Una vida que en realidad es demasiado corta.

1 comentario:

Centro Pen Guatemala dijo...

Estimado amigo: Que bueno encontrarte y tener oportunidad de leerte. Un abrazo fraternal, Chente.